Cómo será el futuro, por el Rabino Alejandro Avruj

Curiosear el futuro, saber cómo será el mañana. Quién no quisiera poder hacerlo. O quizá no. Podemos animarnos a imaginar o soñar cuál será el mundo que vendrá, sin embargo verlo de frente, conocer hoy cómo seremos mañana, resulta al menos intimidante.

 

Pensemos como ejercicio, de qué manera imaginamos el mundo de aquí a cuarenta años. ¿Cómo será nuestra vida o la de nuestros hijos? ¿Cómo será nuestro barrio, qué sucederá con nuestras familias y amigos? ¿Cómo serán los trabajos, las comunicaciones, los viajes, las comidas, los fines de semana o la espiritualidad?

¿Qué será de la naturaleza, de los bosques, las especies, los árboles, los paisajes del horizonte que corta el mar o las caídas del sol? Cuál será la música que se escuche, las películas que se estrenen, los libros digitales que se publiquen o los políticos que gobiernen? ¿Habrá algo de todo eso? ¿Cómo serán los encuentros? Los laborales, los sociales, los turísticos o los de ocio, los espectáculos, los encuentros familiares, los de romance, los de las comunidades o los encuentros con Dios? ¿Se animarían acaso a espiar el futuro? No es fácil, en general solemos verlo bastante parecido a nuestro presente. Nos atemoriza que quizá todo cambie, pero de verdad.

 

El filósofo francés Jean Paul Sartre dijo: Nada ha cambiado y, sin embargo, todo existe de otra manera.” Para un mejor ejercicio vayamos para atrás en el tiempo. En los últimos 40 años todo ha cambiado. A veces pensamos que no, porque nosotros nos vemos o nos creemos iguales que ayer. Pero ese mundo que varios de nosotros vivimos hace 40 años atrás era completamente otro. Si nos hubieran permitido espiar este mundo de hoy hace 40 años, ¿lo hubiésemos imaginado así?

Sólo para recordar aquél mundo: 40 años atrás, en 1980, nadie tenía un celular en el bolsillo. No existía siquiera el plan Megatel para que la gente tenga teléfono de línea en casa. Usábamos cospeles para llamar desde la pizzería de la esquina. No existía Internet, ni el sushi ni mucho menos el Zoom. Marshall llenaba Bet El y Sui Generis se volvía a juntar en Montevideo. En 1980 se proyectaba el último episodio del Chavo del 8 en México y el último de la Pantera Rosa en USA. Sin embargo, aquí en Argentina sólo habíamos logrado ver esos capítulos en blanco y negro, ya que recién en ese año llegaba el Televisor a color. En la otra punta del mundo estallaba la Guerra de Irak-Iran con los Ayatolas recién llegados al poder y un Sadam Hussein como mejor aliado de Occidente. En EEUU ganaba las elecciones Ronald Reagan, mientras tanto aquí comenzaba la interna para suceder al dictador Videla.

Es el mundo donde sólo juegan al tenis John McEnroe y Björn Borg. Se abría la década donde estallaría el Challenger, Chernobyll y la primer Intifada. En Israel gobierna Menajem Beguin, quien acaba de firmar la paz con Egipto. Es el mundo de Borges y Alfonsín y también el de Stalonne y Mike Tyson, el de Olmedo, Porcel, Tato Bores y García Márquez. Es el tiempo de la locura del Mundial de México pero también la locura de Malvinas. Sonaba Thriller de Michel Jackson, Police, Virus, Soda Stereo y los Parchís. Es el cine de E.T. y Rocky Balboa, el de Flashdance, Freddy Krueger y Volver al Futuro. En 1980 se estrena Flash Gordon y Fama de Alan Parker. Se publica “El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco, se separa Led Zeppelin y asesinan a John Lennon. Otro mundo.

Sartre también escribió: “Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo.” Es cierto. El modo en que leamos el pasado, puede modificar incluso el impacto que tenga sobre nosotros, hoy. Nuevamente en palabras de Sartre: “Un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo”. Tampoco el pasado es otra cosa, más que lo que hacemos de él. Modificamos el ayer al interpretarlo diferente. No podemos cambiar los hechos, pero sí podemos cambiar la historia.

En 1980 nace la generación de la revolución digital y es el final de otra generación. En ese año muere Alfred Hitchcock, Jean Piaget y también Jean Paul Sartre.

En el texto bíblico de esta semana, el pueblo de Israel está a punto de llegar a la Tierra Prometida. Moisés envía 12 hombres a explorar la zona antes de ingresar. A su regreso, diez de ellos informan que esa tierra es imposible, que se devora a sus habitantes, que sus gentes son gigantes y sus ciudades amuralladas hasta los cielos. El pueblo comienza a murmurar, a impacientarse y estalla la crisis. Quieren apedrear a Moisés y regresar a Egipto. Sólo dos de los hombres dicen que la tierra es hermosa, que mana de ella leche y miel, que sus frutos son maravillosos y que tienen todo en sus manos para lograr transformar la promesa en realidad. Pero no son escuchados. Esa generación deberá vagar por el desierto durante 40 años. Sólo ingresará en la Tierra la siguiente generación. Una que se anime a mirar de frente el futuro.

Podríamos leer de manera simbólica, que a estos 12 hombres se les permitió espiar el futuro. Ingresaron a una Tierra a la que en realidad, sus hijos recién llegarían 40 años después. Sin dudas se encontraron con otro mundo, una realidad que a unos pocos entusiasmó pero que a la mayoría llenó de terror, por lo que decidieron escapar para volver al desierto. Porque así como el pasado cambia según la manera en que lo miremos, el futuro también.

El Malbim fue un importante Rabino del Este de Europa del Siglo XIX, comentarista bíblico y especialista en gramática hebrea. Él descubre un detalle fundamental en las palabras de nuestro texto. Estos hombres son conocidos como los famosos “12 espías”, si bien en ningún lugar del texto aparece el verbo “espiar” (en hebreo “leraguel”). Sin embargo a lo largo del relato aparece en 12 oportunidades el verbo “latur”, que significa en hebreo (tal cual como se escucha en español): tomar un “tour”. De allí la palabra “turista”. Malbim nos explica la diferencia esencial entre estas dos formas de viajar. El turista va en busca de lo bello, lo inspirador, lo que atrapa del lugar que recorre. No pierde tiempo en los lugares que no valen la pena, por más que de seguro los hay. El espía sin embargo va en busca de las debilidades, de las desnudeces del lugar, rebusca para ver dónde se quiebra, lo que falta y de qué manera vencer a ese enemigo.

Amigos queridos. Amigos todos.

Al futuro lo recibiremos de la manera en que lo enfrentemos y miremos: como espías con un enemigo a vencer buscando sus miserias, o como turistas que se permiten disfrutar de paisajes nunca vistos.

La palabra “cuarentena”, tiene como origen aquél episodio interminable de los 40 años de desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. Nuestra cuarentena nos remite a aquella del pasado, pero a la vez  nos está abriendo ventanas para curiosear cómo será el futuro. Podemos lamentarnos junto a la marea y las mayorías que suelen aferrarse a lo conocido y entonces ver el mañana como un enemigo invencible. O bien, podemos aprovechar los nuevos horizontes y vistas de este tour por la Tierra del Futuro Prometido, para ser nosotros quienes ingresemos en él.

 

El viaje acaba de comenzar. En palabras de Sartre, una vez más: “No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro.”

 

El Rab Ale Avruj es Rabino de la Comunidad Amijai,
y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

 

 

 

 

 

 

 

 



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