Del Once a Berlín

Por Marcelo Birmajer, especial para Hebraica

En esta ocasión el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Federal de Alemania me invita por los 30 años de la caída del Muro. Berlín está erizada de memoria: sobre las fachadas de los shoppings, en Alexanderplatz, se proyectan los momentos finales del experimento de la Alemania soviética: la última visita de Gorbachov; el periodista que le pregunta al jerarca comunista alemán cuándo comenzará a aplicarse la medida de salida libre, y el funcionario que responde, erróneamente, “ya mismo”. Las multitudes atravesando el Muro, luego derribándolo, literalmente. En esta ciudad comenzó y terminó el siglo XX: la Primera Guerra Mundial, el cabo Hitler convertido en Führer, la génesis de la bestia nazi, medio mundo ocupado por las tinieblas, el genocidio de seis millones de judíos, la derrota de la bestia nazi y sus aliados, el epicentro de la opresión stalinista, la caída del Muro.

Hoy por la tarde, en la puerta de Branderburgo, se conmemorarán los 30 años de la caída del Muro: habrá espectáculos musicales, teatrales, perfomances y show de luces, desde las vanguardias artísticas hasta temas pegadizos. Luego un after show en discotecas, que fueron uno de los símbolos del reencuentro: en las catacumbas de Berlín oriental, luego de la caída del Muro.

Recorro los remanentes del Muro, sobre la calle Bernauer, en compañía del doctor Gerhard Salter, director del Departamento de Investigación y documentos: además del restante de concreto, han dejado unas vigas circulares de hierro, de la misma altura del Muro, por las que sí se puede pasar, para recordar la división de esta ciudad entre 1961 y 1989. 140 personas, por lo menos, murieron en el intento de alcanzar la libertad. Hay varios niños entre ellas; algunos se ahogaron en el río Spree, que atravesaba la frontera entre las dos Alemanias: si algún adulto se aventuraba a lanzarse en su rescate, podía ser asesinado por los guardias del lado Oriental. Las fotos expuestas son como jugo de limón sobre la tinta invisible del pasado, la barbarie de la historia reciente. Por esas vigas de hierro, el fantasma del Muro, ya podemos transitar, pero el aura de la desgracia está allí. Atravesar el puente que sale apenas de mi calle, la Bertolt Brecht, para avanzar por la Friedrichstraße, es internarse en la película de Fritz Lang, Metropolis: desde la monumental fachada de la librería Dussman, hasta la imponente cercanía de los rascacielos, como un abrazo algo forzado de gigantes, esas cuadras son la reminiscencia de algunos de los afiches del film. Anunciaban un futuro que ni siquiera hoy es presente: como muchas otras partes de Berlín, parte de este recorrido fue destruido durante la Segunda Guerra, reformulado durante el comunismo, y alcanzó su destino más apacible, aunque nunca del todo estable, desde la reunificación. Pasamos por la Breitscheidplatz, donde en diciembre de 2016 un terrorista islámico asesinó a 12 personas, montado en un camión. Casi sin solución de continuidad, aparecemos en un centro evangelista de integración de refugiados e inmigrantes, en la Wallstrasse. Participantes recién llegados de Siria, de Afganistán, de Ucrania, cantan junto a berlineses de toda la vida, del Este y del Oeste, en un Coro de Integración: no sé qué de extraño tiene para mí escuchar la melodía de Noche de paz, noche de amor, en esta capital tan exitosamente funcional y ominosa a la vez. La sensación sobre el pasado en Berlín no es que vuelve, sino que nunca se va. Precisamente hay algo de civilidad, de rigurosa normalidad, de bonhomía y pulcritud, en la ciudad en sí y en los alemanes en general, que hace muy difícil comprender que en este espacio, entre los bisabuelos, abuelos y padres de esta misma gente, haya comenzado y terminado el siglo XX, en sus peores catástrofes. Todo ocurrió en esta ciudad donde parece, con una calma inverosímil pero cierta, que nunca hubiera pasado nada malo. No hay un papel ni un percance. El respeto por las reglas es hegemónico, y un argentino lo aprecia. Y sin embargo, hace apenas 75 años, en esta ciudad se organizó la peor matanza sufrida por nuestro pueblo en toda su historia: la Shoá. 

En el centro del Coro del Encuentro descubro a la señora Gabriele Wojtiniak, que pasó 40 años de su vida en Alemania del Este. Estuvo casada con un señor boliviano que llegó al Berlín de Honecker como exiliado del Chile de Allende; ella dirigió el documental Los chilenos de Honecker. Comenta que la integración de los berlineses orientales en la Alemania reunificada fue dificultosa; pero cuando le pregunto qué extraña del modo de vida comunista, responde luego de una muda reflexión: nada.

            Aplicó ante las autoridades comunistas para visitar Alemania Federal en 1985, y le concedieron el permiso en 1989, unos días antes de que ya no hiciera falta. Una coetánea de Gabriela, pero en la calle Kremmener, desde donde se veía el Muro y a los guardias disparando contra los fugitivos, relativiza la opresión comunista, pese a que, luego de la caía del Muro, descubrió que algunos de sus propios amigos le entregaban informes sobre ella a la Stassi. La dueña de casa recuerda que veía a los guardias disparando contra la gente que caminaba por allí, pero la señora responde que no disparaban contra quienes caminaban, sino contra quienes intentaban fugarse. La diferencia entre un verbo y otro, mirando por la ventana, me resulta borrosa e inquietante.

Para llegar a la celebración en la Puerta de Branderburgo transitamos largamente la avenida Bajo los tilos, Unter den Linden, y sobre uno de los portones registramos las tinieblas de la Historia: primero el alivio, un fotograma de la reunión de Postdam, la victoria de los aliados sobre la bestia nazi, Churchill, Roosvelt, y el criminal pero funcional Stalin, en Postdam, rediseñando el mapa del mundo. También la imagen de un judío consumido en el Ghetto de Varsovia, con un bebé sin futuro en sus brazos. Nos recuerdan que hoy, 9 de noviembre,  de 1938, fue la Noche de los Cristales Rotos, la víspera de la Segunda Guerra Mundial y de la Solución Final, el genocidio ejecutado por los nazis contra los judíos. Seguimos caminando hasta donde las vallas nos detienen y por primera vez atestiguamos un percance en Alemania: aparentemente ha habido un episodio de inseguridad y la policía ha cerrado los accesos a los escenarios, en todos los casos al aire libre. Buscamos la salida, damos vueltas, mientras los agentes de seguridad nos gritan por megáfono que nos movamos para este lado o para el otro. No nos gusta escuchar gritar por megáfono en alemán. Tampoco se deduce la civilidad y calma que percibimos en Berlín durante estos días: ahora los alemanes se pelean por ver quién pasa primero, sin la menor muestra de cortesía.  Alemanes caminando en masa en la oscuridad. Repetimos: nos trae malos recuerdos.  Tenemos que rodear el Tiergarten (como el Central Park de Berlín) para llegar a otra entrada, donde finalmente nuestro guía se conecta con Herr Müller, como si fuera un contacto del Oeste antes de la caída del Muro, y pasamos. Valió la pena la espera y el viaje a Itaca. Daniel Barenboim está dirigiendo a la orquesta de la Opera estatal de Berlín, en la Quinta sinfonía de Beethoven. El espectáculo es majestuoso y ciudadano a la vez. Ahora sí, nos tomamos un vino caliente especiado y brindamos a la distancia con Angela Merkel, sentada a apenas treinta metros de donde estamos parados. Divisamos a Nelson Castro y nos entrevista para el 13. Una breve obra de teatro refleja la Berlín contemporánea: los problemas posteriores  a la caída del Muro, los refugiados, la diversidad de alemanes, el mundo. Un rapero canta su melodía inspirada en las placas doradas que recuerdan, delante de cada edificio respectivo, individualmente, a los judíos alemanes asesinados por el nazismo. Yo he visto esas placas multiplicadas por veinte, con el mismo apellido, narrando la masacre de familias enteras. Una cantante pop alemana, Anna Loos, de más de sesenta años, nos hace bailar a todos como a chicos de veinte. Me cuentan que hasta los ochenta casi no se cantaba en Berlín el Pop alemán. Hay solo dos puestos de venta de insumos: el de bebidas con o sin alcohol, y el de salchichas y hamburguesas. 5 euros promedio la unidad. Los presentadores, un hombre y una mujer, son rubios, altos y simpáticos. La gente asiste con sonrisas y en paz a este evento multitudinario. Parece que nos perdimos el discurso del presidente, Frank-Walter Steinmeier, una defensa de la unidad, la libertad y la democracia. Le agradeció a la gente de la RDA por la caída del Muro. No fue fácil, dijo, que se cayera el Muro. Las personas de Europa del Este hicieron posible su derribo. Hoy en día nuestros pensamientos están con nuestros amigos en Hungría, en Polonia, en República Checa y Eslovaquia; su valor se sumó al de los habitantes de Alemania del Este. Les habla de tú, o de vos, como diríamos nosotros. Definitivamente necesario en estos tiempos en donde, en comarcas muchos menos críticas que lo que fue la Alemania de entre los 20 y el fin del siglo 20, se ponen en duda los méritos del parlamento, de las instituciones, de la libertad de expresión. Los fuegos artificiales colorean una noche a mi entender cálida, aunque mis colegas se quejan del frío. Todo el mundo se queda bailando, música electrónica. El palco oficial se ha vaciado. Regreso por Dorotheenstrasse, y a la altura de un puente, otra vez la policía impide el paso: por seguridad, para que no se pueda acceder al Reichstag. En rigor, Hitler nunca llegó a usarlo. Seguimos de largo, y ahora se recupera la urbanidad y amabilidad. De todos modos, este cronista, probablemente azuzado por el vino caliente, se permitió la osadía de bailar, e involuntariamente golpeó con su puño a un alemán, bastante sólido, de mostacho prusiano, que también lanzó un grito gutural. Y no me gustó. Pero finalmente llego a mi hotel en la calle Bertolt Brecht y Berlín me ofrece su generosidad, diversidad y anonimato. Les ha costado dos guerras mundiales aprender a respetar la individualidad. Yo la valoro más que nada. Ahora la fiesta sigue en la discoteca Tresor, en la antigua Berlín comunista, hacia allí van los jóvenes, sin funcionarios ni convenciones, a vivir una historia inesperada. ¿Será posible la libertad? ¿Sobrevivirá el mundo libre? ¿Prosperará la democracia? Por hoy supongamos que sí: de eso se trata lo poco que hay por celebrar.



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