Fragmento literario

En el mes del 73° aniversario de la independencia del Estado de Israel, ofrecemos una de las escenas más emocionantes de la monumental novela de Amos Oz: Una historia de amor y oscuridad. Un episodio que fue la antesala de la declaración de la Independencia, la votación en la ONU del 29 de noviembre de 1947. Amos Oz describe la emoción y la alegría en las calles de Kerem Abraham, su barrio de la infancia en Jerusalem.

 

“El sábado, comentaban todos, el sábado por la mañana, los delegados de la Asamblea General se reunirían… y decidirán nuestro destino: “La vida o la muerte!”, dijo el señor Abramsky. Mientras la señora Tosia Krohmal trajo… un alargador de la máquina de coser eléctrica, para que los Lemberg pudieran enchufar su negro y pesado aparato de radio y ponerlo en la mesa de la terraza (era la única radio en toda la calle Amós, si no la única en todo el barrio de Kerem Abraham). Allí funcionaría la radio a toda potencia, y todos nosotros nos reuniríamos en casa de los Lemberg… Después de medianoche, hacia el final de la votación, me desperté. Mi cama estaba debajo de la ventana que daba a la calle, y sólo tenía que incorporarme, ponerme de rodillas y mirar por las rendijas de la persiana. Me puse a temblar. Como en un sueño aterrador, estaban apretados, callados e inmóviles bajo la luz amarillenta de la farola de la calle montones de sombras erguidas en nuestro patio, en los patios vecinos, en las aceras, en la carretera, como una gigantesca asamblea de espíritus silenciosos bajo la luz pálida, en todas las terrazas, cientos de hombres y mujeres sin expresión, vecinos, conocidos y extraños, unos con ropa de dormir y otros con chaqueta y corbata, vi a algunos hombres con sombreros o gorras, mujeres con la cabeza descubierta, mujeres en bata y con pañuelos en la cabeza, en los hombros de algunos había niños dormidos, entre la multitud vi a una anciana sentada en un taburete o a un anciano que era transportado en su silla a la calle. Toda aquella gran multitud estaba como petrificada en el sobrecogedor silencio de la noche, como si no fueran personas reales sino cientos de siluetas negras dibujadas sobre la cortina oscilante de la oscuridad. Parecía que todos se habían muerto de pie. Ni una palabra, ni una tos, ni una pisada. Ni un mosquito zumbaba allí. Tan sólo la voz profunda y áspera del locutor americano saliendo de la radio, que estaba a todo volumen y estremecía el aire nocturno, o tal vez fuera la voz de Osvaldo Arania de Brasil, el presidente de la Asamblea. Uno tras otro fueron leyendo los nombres de los últimos países de la lista, siguiendo el orden alfabético inglés. Después la voz grave, algo ronca, volvió a hacer temblar el aire a través de la radio y concluyó con árida sequedad pero grávida de alegría: treinta y tres a favor. Trece en contra. Diez abstenciones y un país ausente de votación. La propuesta es aceptada. Y su voz fue tragada por el clamor que salía de la radio, que se desbordaba en las galerías locas de alegría de la sala del Lago Success (…) un grito no de alegría, no se parecía en nada al clamor de la multitud en los estadios deportivos, no se parecía al desenfreno de una muchedumbre exaltada, tal vez era más como un alarido de terror y pavor, un grito trágico, un grito que hacía temblar las piedras, que helaba la sangre (…) y un momento después, el primer grito de terror dejó paso a clamores de alegría y a una mezcla de bramidos roncos y el pueblo de Israel vive!, y alguien que intentó en vano empezar a cantar el himno y griterío de mujeres y aplausos (…) y toda la multitud comenzó a moverse lentamente alrededor de sí misma como llevada por un gigantesco remolino y ya nada estaba prohibido y salté dentro de los pantalones pero olvidé la camisa y el jersey y fui lanzado desde la puerta a la calle y la mano de algún vecino o desconocido me alzó para que no me aplastaran y me fueron pasando, volando de mano en mano, hasta que aterricé en los hombros de mi padre junto a la puerta de nuestro patio: mi padre y mi madre estaban abrazados, aferrados el uno al otro como dos niños perdidos en un bosque, jamás los había visto así antes de esa noche y no volví a verlos así después, y por un instante estuve en medio de su abrazo y al cabo de un rato volví a los hombros de mi padre y él, mi instruido y educado padre, estaba allí gritando con todas sus fuerzas, no eran palabras ni juego de palabras ni consignas sionistas ni exclamaciones de alegría sino un largo y desnudo grito como anterior a la invención de las palabras. Después, en la calle Amos, en todo Kerem Abraham y en todos los barrios judíos, hubo bailes y lágrimas, aparecieron banderas y consignas escritas en telas, y coches tocando el claxon (…) y de todas las sinagogas salía el sonido del shofar, y los libros de la Torá fueron sacados de las arcas sagradas y llevados hasta los que bailaban en círculos (…) Cuando vagábamos por allí, la noche del 29 de noviembre de 1947, yo montado en los hombros de mi padre, entre círculos de gente que bailaba dichosa, él me dijo, no como pidiéndomelo sino como sabiendo y afianzando su opinión con clavos: Observa, hijo mío, observa bien, hijo, por favor, observa con siete ojos todo esto, porque esta noche, hijo, no la olvidarás mientras vivas, y de esta noche les hablarás a tus hijos, a tus nietos, y a tus biznietos mucho tiempo después de que nosotros no estemos”.

 

Amos Oz, «UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD».

Editorial Siruela. Madrid, 2006