Imre Kertész y la sombra de Auschwitz

Por  Rafael Narbona

¿Es la chimenea de Auschwitz el corazón de la cultura europea? Kertész entiende que sí. Desde la aparición del logos, la filosofía del viejo continente se ha basado en la voluntad de poder. La razón se ha utilizado como un instrumento de dominación y no como una forma de comprensión. Se ha sometido a la naturaleza mediante la violencia y se ha forjado la identidad de los pueblos esclavizando y exterminando al otro, al diferente. El auge de la ciencia y la tecnología no ha fomentado el respeto hacia el ser humano, sino su cosificación.

Desde el siglo XIX, ya no se reconoce el carácter sagrado del hombre, el misterio inviolable que lo envuelve. Por el contrario, se ha considerado que la humanidad no es un mosaico de personalidades irrepetibles, sino una masa indiferenciada con individuos prescindibles. La escritura del Nobel húngaro Imre Kertész surge de la experiencia de los campos de exterminio, donde el hombre se procesa como una variable irrelevante. Kertész necesitó catorce años para reconstruir su estancia en los Lager alemanes.

El resultado fue Sin destino, una obra que, bajo su aparente sencillez, articula una ambiciosa y feroz crítica de nuestra cultura. Descartada la narración autobiográfica, Kertész abrió la esclusa de sus recuerdos mediante un personaje imaginario, György Köves, que le permitió alejarse de sus emociones, sin renunciar a la reconstrucción de una intimidad brutalmente escindida de su entorno para ser arrojada al horror de Auschwitz, Buchenwald y Zeitz.

Sin destino se publicó en 1975, pero la novela pasó desapercibida en un país que vivía bajo la dictadura comunista y en el que aún perduraban los prejuicios antisemitas. Solo veinte años más tarde, cuando se tradujo al alemán, obtuvo el reconocimiento de una crítica que advirtió en su escritura la fuerza de los grandes clásicos centroeuropeosSin destino es algo más que un testimonio y mucho más que una novela. Su ruptura con los cánones estéticos del realismo socialista se inscribe en un proceso de renovación de las letras húngaras que introduce nuevas formas narrativas, alejadas de la exaltación política, el relato lineal o la perspectiva de un narrador que ata todos los cabos.

Al igual que Kertész, el personaje de György pertenece a una familia judía perfectamente asimilada. A pesar de las leyes discriminatorias impuestas por el gobierno del almirante Horthy, la situación de los judíos húngaros podía calificarse de relativamente benigna. En Eichmannn en Jerusalén, Hannah Arendt señala que once judíos ocuparon un escaño en la cámara alta durante el mandato de Horthy y sus Cruces flechadas.

Es más, “Hungría fue el único país del Eje que envió tropas judías –ciento treinta mil hombres, de servicios oficiales, pero con uniforme húngaro- al frente del Este”. Los judíos “magiarizados” perdieron sus privilegios cuando el gobierno pro-nazi intentó firmar la paz por separado ante el avance del Ejército Rojo. Invadida por Hitler, Hungría conoció muy pronto la intolerancia del Reich, que no distinguió entre judíos asimilados y judíos del Este.

Eichmann organizó la deportación forzosa de casi 300.000 judíos húngaros a Auschwitz, lo cual obligó a incrementar el número de comandos encargados de las cámaras de gas. Se pasó de 224 a 860, con la intención de liquidar a doce mil personas diarias. Incluso se tendió un nuevo ramal de ferrocarril para acercar los cargamentos a los hornos crematorios. De los ochocientos mil judíos húngaros deportados, apenas sobrevivieron ciento sesenta mil. Kertész, que aparentaba más edad, se salvó de la muerte gracias a que fue seleccionado entre los “hombres en condiciones de trabajar”.

György experimenta la misma suerte en Sin destino. Sin embargo, su disposición anímica no coincide con la de Kertész. Ambos van a descubrir lo que significa ser judío entre las alambradas, pero esto no significa que Kertész se identifique con György. De hecho, su intención era construir un personaje con unas características propias. El espíritu festivo y ligeramente irresponsable de György está muy alejado de la forma en que el joven Kertész vivió su deportación.

Las primeras páginas de Sin destino se demoran en la rutina de la adolescencia. No falta nada: la incomprensión de los adultos, los primeros escarceos amorosos, la resistencia a abandonar la niñez. La deportación del padre de György precede a la del resto de la familia. La relativa tranquilidad con que se produce pone de manifiesto la incredulidad ante el rumor de un exterminio masivo. El fanatismo no es patrimonio del racismo antisemita. Un tío de György considera que los sufrimientos de su pueblo han sido impuestos por Dios como expiación de sus pecados. György escucha y bosteza.

Aunque la deportación de su padre no le es indiferente, aún no es capaz de comprender la magnitud de la tragedia. De hecho, aprovecha un bombardeo para besar a una vecina, regocijándose del tacto húmedo y tibio de sus labios. El descubrimiento del cuerpo y su sensibilidad discurre paralelo a las manifestaciones de hostilidad de los gentiles. La imposición de la estrella amarilla despierta odio, pero no se trata de odio hacia la persona, sino de un sentimiento impersonal que no se puede atribuir a diferencias culturales.

El “judío” es una invención que posibilita la constitución de una identidad. “No ser judío” es una forma de oponer la posibilidad de la exclusión a la asimilación gregaria. Sin el “otro”, no puede haber comunidad. Los elementos disolventes son tan necesarios como los símbolos. Sin ellos, el ser humano se extravía en las antinomias de la libertad.

Deportado a Auschwitz en un tren de ganado, György no tarda en descubrir que el propósito de los campos es destruir cualquier forma de intimidad, autoestima o autonomía. El reglamento y la promiscuidad de los cuerpos responde a una concepción de lo humano que excluye la libertad, pero no la culpa. Es la paradoja del oscuro empleado de banca Josef K., acusado de un crimen indeterminado y sin posibilidad de defensa. Abolir la libertad no es suficiente. También es necesario sembrar la existencia de incertidumbres mediante un sistema de vigilancia que fiscaliza todos los actos.

Foucault ya nos enseñó que al cabo del tiempo los reclusos interiorizan la vigilancia y se convierten en sus propios carceleros. Una hora en Auschwitz es suficiente para que György advierta todas estas cosas. En ese tiempo, advierte que el cautiverio rompe las distinciones temporales. Las horas discurren homogéneamente, produciendo la sensación de que el tiempo se ha estancado. La uniformidad de los barracones acentúa ese fenómeno. No se trata, no obstante, de algo completamente nuevo. Hay una inquietante semejanza entre los Konzentrationslager y la escuela: uniformes que borran las diferencias, profesores de voz autoritaria, horarios inflexibles, jerarquías estrictas, castigos ejemplarizantes.

A los pocos días, György es trasladado a otro campo, pero sus fuerzas no tardarán en debilitarse. Pese a eso, su sensibilidad aún es capaz de apreciar el misterio de una tarde declinando o las risas de tres jóvenes soldados que bromean entre ellos mientras avanzan en bicicleta por un camino de tierra. Sin embargo, las humillaciones, el trabajo agotador y el miedo destrozan su equilibrio psíquico. Incapaz de comprender que las chimeneas de los hornos crematorios compartan el paisaje con un pequeño zoológico en Buchenwald, los valores asimilados hasta entonces comienzan a resquebrajarse.

La proximidad de Weimar, referencia ineludible de la refinada cultura occidental, insinúa la existencia de un subsuelo común entre la disciplina del Lager y los valores de una tradición que se identifica con la quintaesencia de lo humano. Ya en Zeitz, un campo diminuto y con cierto aire provinciano, György se desliza hacia el estado terminal del “musulmán”, expresión que en el lenguaje de los campos designa a los que se hunden en la desesperación, perdiendo el interés por vivir. Giorgio Agamben ha construido una Ethica more Auschwitz demonstrata basada en la disociación completa del viviente y el hablante.

El sentido de los campos es reducir lo humano a una rutina biológica incompatible con la palabra. Imposibilitado para urdir un discurso, el “musulmán” muestra la abyección del sistema de campos, concebido no ya para producir la muerte a escala industrial, sino semovientes, animales de granja despojados de cualquier residuo de humanidad. Agamben afirma, no obstante, que siempre sobrevive un resto, una hebra de racionalidad que guarda en la memoria la experiencia de lo inhumano. Ese testimonio es el único que puede revelarnos la verdadera naturaleza de una cultura que, bajo una trama superficial, oculta la estructura de un gigantesco sistema panóptico.

György se siente un judío (es decir, un no-hombre) entre sus compañeros judíos, pues estos no son ajenos a la brutalidad de un sistema que niega la humanidad al otro. Los kapos son judíos que colaboran en el exterminio para disfrutar de mejores raciones de comida y un lecho limpio. La evocación de Budapest apenas le ayuda a soportar su destino. Las evasiones de su fantasía se desvanecen ante el estrago de un cuerpo que le devuelve una y otra vez a la realidad. La carne, cubierta de manchas, grietas y abscesos, pierde esa condición de bisagra que, según la fenomenología de Merleau-Ponty, nos inserta el mundo.

Al desvanecerse la posibilidad de reconocernos en la materia de que estamos hechos, nos despeñamos por lo impersonal. El “musulmán” es un hombre sin rostro. En él, se ha cumplido el mal radical, pues desaparece esa ética basada en el reconocimiento del otro como un semejante, cuyos gestos despiertan nuestra compasión y empatía. György ni siquiera es capaz de reconocer lo humano en sí mismo. Se identifica con los piojos, percibe su cuerpo como algo extraño, oculta la muerte de un compañero para quedarse con su ración.

Contra todo pronóstico, sobrevive y regresa a Budapest, donde unos antiguos vecinos le aconsejan que se olvide de todo. El hecho de que Auschwitz haya quedado atrás no le ayuda a desalojar el odio, pues Auschwitz no solo es el pasado, sino también el futuro de nuestra cultura. Es más, la incertidumbre ante lo por venir a veces se revela más angustiosa que la rutina de los campos, donde todo es más simple e inequívoco. Parece imposible sentir nostalgia de Auschwitz, pero la posibilidad de ese sentimiento insinúa que el espanto de la biopolítica nazi no es algo que pertenezca enteramente a un tiempo anterior.

Transitar del nazismo al estalinismo representó una ventaja para Kertész, pues le ayudó a eludir las decepciones experimentadas por otros supervivientes, cuyas expectativas naufragaron ante unas sociedades democráticas que no estaban exentas de mecanismos excluyentes. En Diario de una galera, Kertész reconoce que la dictadura le salvó del suicidio: “Me salvó la sociedad que me garantizaba la continuación de una vida esclavizada. Gracias a eso no me llegó el oleaje de la desilusión, que empezó a golpear, como una marea creciente que golpea alrededor de unos pies que huyen, en torno a personas de vivencias afines, pero residentes en sociedades más libres y, por mucho que apuraran los pasos, el agua poco a poco les llegó hasta el cuello”.

Durante esos años, Kertész, que contrajo matrimonio con una superviviente del gulag soviético, se dedicó al periodismo escrito y radiofónico, pero la transformación del diario en que colaboraba en órgano del partido comunista acarreará su despido. Convertido en periodista independiente, compuso piezas de teatro ligero y libretos musicales, mientras se dedicaba a traducir al húngaro la obra de Canetti, Freud, Nietzsche, Kafka, Wittgenstein y otros autores en lengua alemana.

En 1988, ya convertido en un intelectual respetado en el ámbito de las letras centroeuropeas, aparece El fracaso, que reconstruye sus años bajo el régimen comunista al tiempo que cuestiona la consistencia del yo y la percepción lógica del tiempo y las cosas. En 1989, se publica Kaddish por el hijo no nacido, donde repite la idea de que Auschwitz es una categoría cultural, cuyo significado no se agota en la naturaleza inhumana de la política nacionalsocialista. Los campos de exterminio apuntan al corazón de nuestra cultura, pues su existencia cuestiona el ideal humanista sobre el que descansa nuestro modelo de convivencia.

Kertész renuncia a la paternidad, pero no de forma arbitraria, sino por su resistencia a engendrar una vida abocada a la humillación y el desprecio. Piensa que ese es el destino de todos los que nacen en el marco de la cultura occidental, opresiva y alienante. La autoexclusión es la única alternativa ética ante un orden esencialmente represivo. Esta decisión implica vivir fuera de todo, en los márgenes, aceptando la condición de apátrida del mundo. A Kertész no le inquieta esta perspectiva: “He abandonado hace tiempo la aspiración de vivir en sintonía con los hombres, con la naturaleza e incluso conmigo mismo”.

Kertész sostiene que el miedo no es algo ocasional, sino uno de los hilos fundamentales de nuestra tradición. Nos asustan los efectos de la libertad. Por eso, hemos tejido una trama de normas e instituciones que, lejos de favorecer la realización de lo humano, nos dividen en judíos y gentiles, asimilados e inadaptados, sanos y enfermos. Esta clasificación precede a Auschwitz y lo constituye.

Auschwitz no es algo inexplicable: “Lo que no podría explicarse es que Auschwitz no hubiera existido, que no se hubiera hecho realidad, que el espíritu universal no se hubiera realizado en el hecho llamado Auschwitz, sí, lo que no tendría explicación sería precisamente la ausencia de Auschwitz, de lo que se deduce que Auschwitz está en el aire desde hace muchísimo tiempo, como fruto oscuro que ha madurado bajo los rayos de innumerables infamias y espera el momento oportuno para caer por fin sobre la cabeza de los hombres”.

Kertész coincide con Hannah Arendt al describir la naturaleza del poder. El poder no es “satánico, turbio o fascinante”, sino “ruin, asesino, estúpido, hipócrita”. Su única cualidad es su capacidad de organización. El mal no es una patología. El mal se confunde con esa voluntad de poder que nos empuja a oprimir a nuestro semejante. Lo verdaderamente insólito es el bien.

Percibir las insuficiencias de nuestra cultura no impide advertir el efecto destructor del instinto. Aceptar la necesidad de controlar nuestras pulsiones no justifica la impostura de adherirse al fracaso de una cultura, cuya educación resuena con el mismo eco de los campos de concentración. “Auschwitz –escribe Kertész- me pareció una mera exacerbación de las mismas virtudes para las cuales me educaron desde la infancia”.

La escritura, apunta el Nobel húngaro, es un ejercicio de resistencia. Frente a un mundo repudiable, solo queda un “arte radical”, cuya tarea es “oponer el lenguaje humano a la ideología, recuperar la capacidad de imaginación y recordar al hombre su origen, su verdadera situación y su destino humano”. El pesimismo de Kertész es comprensible, pero no constituye la única alternativa. No creo que el Lager sea el corazón de la cultura occidental, sino un intento de sepultar el sueño de una Europa ilustrada, humanista y democrática.

Los nazis intentaron realizar la vieja aspiración de crear una sociedad homogénea. Una sola raza, un único idioma, un único credo. Al igual que las viejas monarquías absolutas, Hitler pretendió aniquilar la diversidad y para ello utilizó los avances científicos y tecnológicos. Los antiguos pogromos, perpetrados con cuchillos, azadones y antorchas, fueron reemplazados por una matanza de carácter industrial. El odio al pueblo judío inculcado por la tradición cristiana pesó menos que el deseo de suprimir los valores humanistas, según los cuales el hombre no era materia fungible, sino un signo de trascendencia.

Desgraciadamente, Auschwitz no pertenece al pasado. Los viejos demonios han vuelto y otra vez circula el odio al extranjero y el diferente. Auschwitz solo habrá quedado definitivamente atrás cuando la diferencia no se perciba como una amenaza, sino como la única forma de desarrollar una vida plenamente humana.

Fuente: https://www.elespanol.com