La Shoá como la acusación de la superfluidad

Por Mauro Ezequiel Enbe del CIMO

La Shoá (holocausto) supuso un quiebre en la historia judía y, sin lugar a dudas, en la historia de la humanidad. Seis millones de judíos asesinados y, dentro de ellos, un millón y medio de niños. Una marca imborrable de dolor, horror y desesperanza. Ahora bien, la cuantificación de las víctimas, si bien supone una manera de representar la magnitud de tal catastrófico proceso, destruye la misma voluntad de los que perecieron. Varias preguntas pueden plantearse al respecto: ¿por qué ocurrió? ¿por qué implicó algo diferente en la larga historia de persecuciones y matanzas hacia los judíos? ¿qué la convierte en trascendental? Por último, ¿qué hicieron los judíos en la Shoá con respecto a ello?

Recuerdo el día en el que comencé a plantearme estas preguntas y, por supuesto, tratar de encontrar alguna respuesta. Me encontraba con un amigo, a la salida del colegio primario, caminando hacia la parada del colectivo que nos llevaría a nuestros hogares después de una jornada escolar cansadora. En un momento, una señora se nos acercó, y nos pidió que hagamos silencio, porque, al parecer, nuestras “ensordecedoras” voces de niños de sexto grado no le permitían continuar con la caminata diaria desde su casa al kiosco y viceversa, dando la vuelta manzana. Mi amigo y yo nos miramos, en silencio, como si sintiéramos que habíamos hecho algo mal y estábamos siendo castigados por eso. Al instante, la señora agregó: “judíos tenían que ser”. La revelación fue, sin ir más lejos, entender que la señora reconoció que éramos judíos. No iguales al resto, sino judíos. Fue un señalamiento, recordar la particularidad negativa que se le ha atribuido a los judíos durante dos milenios.

Al comienzo, la Shoá no parece ser diferente a tantas otras catástrofes sufridas por el pueblo judío a lo largo de su historia. Pogromos, persecuciones, expulsiones y matanzas. Sin embargo, la Shoá fue diferente. No se intenta, sin embargo, negar la importancia y la brutalidad del resto de las catástrofes, sino entender qué hace al holocausto especial tanto en número víctimas como en significado. Dos son las respuestas: la Shoá fue un proceso de deshumanización y supuso una noción muy distinta de antisemitismo de las que se habían utilizado antes, fue la acusación de la superfluidad humana.

Un proceso de deshumanización implica una acción conjunta y coordinada entre todas las partes de una sociedad, desde el Estado hasta los ciudadanos. Deshumanizar significa, en tanto, utilizar una serie de mecanismos para producir un solo efecto cognitivo: lograr que el objeto del proceso no sea percibido como humano, como un igual, como un reflejo de aquel que está observando. De eso mismo se trataba la filosofía nazi: el judío debía dejar de ser visto como un par y debía descartarse de la sociedad.

Aquí es donde entra en juego el concepto de superfluidad. El término implica la innecesaridad de algo, de algún elemento. Sin embargo, en este caso suponía la innecesaridad de seres humanos. Así, se puede afirmar que en el núcleo del proceso de deshumanización no se encontraba otra cosa que la conceptualización del judío como un elemento superfluo, los judíos como la misma superfluidad humana. Este tramado de procesos interconectados fue lo que permitió a soldados nazis fusilar sin piedad a familias enteras, enviar a las cámaras de gas a -lo que ellos pensaban- elementos superfluos que debían ser eliminados.

Hasta aquí parece haber un panorama totalmente oscuro. Dos procesos en simultáneo y complementarios, la deshumanización y la conceptualización de la superfluidad humana, trabajando unidos contra un objetivo: el judío. Terminar aquí la argumentación implicaría, empero, deshonrar aquellas almas que lucharon, consciente o inconscientemente, contra tamaña operación. Por supuesto, hubo resistencia de las víctimas hacia los procesos anteriormente mencionados.

Resistencia no implica solo la reacción violenta y armada contra el opresor, sino cualquier forma de impedir la consumación de los objetivos nazis, es decir, impedir que el proceso de deshumanización y de superfluidad humana lograran su cometido. Las preguntas que surgen, entonces, son si los judíos resistieron y -además- cómo lo hicieron.

Lamentablemente la frase “como ovejas al matadero” ha pasado a la historia como la representación de las víctimas de la Shoá, cuando en realidad dista completamente de la verdad. Aceptar esa afirmación sería cumplir con el objetivo nazi de la deshumanización y la superfluidad, implicaría ser cómplice de los perpetradores y convertirse metafóricamente en asesinos. Los judíos resistieron, no cabe duda. Desde el levantamiento del Guetto de Varsovia el 19 de abril de 1943 hasta los niños que arriesgaban su vida al salir por las alcantarillas para alimentar a su familia. Desde los rezos clandestinos hasta los dibujos de los niños en los campos de concentración. Resistencia es no rendirse, jamás, ante los deseos del enemigo. Si los nazis deshumanizaban, los judíos humanizaban, a su manera, resistían y humanizaban.

La victoria del perpetrador hubiese sido el éxito de la acusación de superfluidad y la aceptación de la sociedad de la necesidad de eliminar el componente judío deshumanizado. No lo han logrado, definitivamente no. El pueblo judío persiste, persistió y persistirá ante los intentos deshumanizantes de los nazis del pasado, del presente y del futuro. La historia había construido al mayor enemigo de la historia: uno fuerte, inteligente, decidido y, lamentablemente, hacedor de la mayor catástrofe del pueblo judío. Sin embargo, fueron vencidos y seguirán siéndolo si la sociedad cumple con su deber moral e imperioso de resistir al enemigo.

La resistencia es no rendirse, la resistencia es humanizar lo deshumanizado. La mayor maquinaria de asesinato lo evidenció y fue derrotada, aunque siempre supo reconvertirse. Desafortunadamente los nazis -en sus diversas formas- siempre estarán presentes, y es deber de la sociedad detener al monstruo antes de que surja, denunciar al deshumanizador y negar, pura y exclusivamente, cualquier intento de avance de las ideas de superfluidad del ser humano. El esfuerzo debe ser conjunto y claro, sin titubear y sin rendirse frente a la desesperanza. Como los judíos en la Shoá, la resistencia es la mejor arma contra la impunidad, contra la deshumanización y, definitivamente, contra la acusación de la superfluidad humana.



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