ROSH HASHANÁ 5780, Tiempo de abrazo

Hebraica, junto a cada socio, para celebrar con el corazón encendido, memoria, presente y futuro.

Por Gerardo Mazur, especial para Hebraica

La historia del pueblo judío, es decir, nuestra historia más profunda, fue signada demasiadas veces, por tragedias, racismo, búsqueda de diásporas imprescindible, abandonos, conversos y otros males circundantes. En esas ocasiones, la mesa, sí la mesa, fue nuestra geografía más genuina. Lugar fundamental para el encuentro con nuestra identidad, con el orgullo jamás perdido de ser judíos en esa breve superficie de libertad, junto a los seres queridos. Podemos decir que la mesa, en tanto su significación humanista, fue un invento judío. Más que de un carpintero, de una persona que necesitaba ser quien era, seguir siéndolo, abrazar su identidad como el bien más preciado.

De pronto – siglo XX – un “sueño de 2.000 años” se hace realidad. La creación del Estado de Israel, en 1948, poco tiempo después de la Shoah. De la tragedia atroz a la nueva vida. Nuestra mesa tiene, desde entonces, dimensión geográfica e histórica. Ya no es sólo la Palabra y el Libro, con mayúsculas. Es la Tierra, la Tierra Prometida al alcance de nuestras manos, vivamos donde vivamos. Cada judío tiene tierra propia.

Cuando en Argentina llegó la noticia, miles de judíos de Buenos Aires, recorrieron alborozados las calles. Se juntaron en la Av. Corrientes y al llegar a Pasteur, decidieron reunirse en Hebraica. En nuestra terraza con socios y no socios de todas partes, había nacido también el Estado Judío. Judaísmo era, otra vez, sionismo en acción.

¿Cuántas veces sonó el antiguo shofar para convocarnos, para estar juntos, para, en cada año, en cada década, en cada centuria, construir la esperanza? Somos un pueblo en búsqueda permanente de esperanzas. Para todos. Judíos y no judíos. En Latinoamérica o en Medio Oriente. O donde sea. La esperanza siempre estuvo en el centro de la mesa judía, en el contenido agudamente grave del shofar. Esperanza y paz se resignifican como sinónimos. El saludo, en hebreo, es Shalom. Darnos la mano; grietas abstenerse. Es parte del legado. Los deseos, bienvenidos, son personales; la esperanza es plural, incluye.

Rosh Hashaná es, por mucho, el abrazo a una ilusión, que cada nuevo año, se palpita.

Sabemos que en el ejercicio de nuestros valores, podemos construirla. Que a partir del conmovedor encuentro familiar, en la mesa representada por la miel y la manzana. No son sólo lo que dicen que son. Transmiten dulzura al encuentro y predisponen su continuidad para el año que se viene. Dulzura, en la caricia, en la mirada, en la palabra, en el silencio, en la didáctica de la transmisión generacional. Abuelos, padres, hijos.

Rosh Hashaná celebra a todos, cualesquiera sean la multiplicidad de creencias, religiosas o terrenales. Es una tradición. Tan significativa es, que permite y propone un balance. Un examen personal de quienes somos. De la manera de llevar a la práctica los valores heredados. Quienes somos junto a los demás. ¿Cuál es la densidad del abrazo? ¿El que damos, el que recibimos?

De Rosh Hashaná a Iom Kipur, tenemos la maravillosa oportunidad de reconocernos, de indagar las falencias, de, nada más ni nada menos, que ser mejores. No a través del espejo del tiempo. Sí por medio de nuestra alma judía en acción.

Desde 1926, en Hebraica, cada Rosh Hashaná, nos importa esencialmente celebrarlo con nuestros socios, bajo el techo protector de una entidad única en el mundo. Que no por casualidad se llama Sociedad. Que todos los augurios se cumplan.

Entonces, queridos socios

Shaná Tová  – A Gut Ior  – Anyada buena

Feliz año nuevo judío 5780.

En la casa familiar y en la casa de todos, la Sociedad Hebraica Argentina.

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