Configuraciones de lo judío

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Por Santiago Kovadloff *

Comencemos por lo evidente: Israel es el único país donde la condición cívica y la identidad judía resultan inescindibles. Allí, una equivale a la otra. No es así fuera de Israel. Ello significa que en el Estado de Israel no se agota la configuración posible de la identidad judía contemporánea. Más aún: el 60 por ciento de la misma no tiene identidad israelí. No obstante, esa equivalencia ha sido siempre una de las más altas aspiraciones del sionismo: lograr que la identidad judía mundial adquiera la configuración propuesta por el Estado de Israel.

A partir de su segunda década de vida, Israel teologizó su proyecto político. Fue el fracaso del sionismo laico. Geopolíticamente hablando, Israel se autopropuso como despliegue de una verdad bíblica más esencial que la ideada por la resolución de las Naciones Unidas que le dio vida como Estado en 1948. La militarización ascendente a la que parece obligar la lucha por la supervivencia, se ve hoy potenciada por la política expansionista que se siguió desde 1967. La derrota política del sionismo laico en Israel fue la derrota del valor relativo de la tradición religiosa en manos del valor absoluto de esa tradición. Triunfó la interpretación teológica del significado de la tierra, la sociedad y el porvenir de la nación.

Israel no constituye una superación de la riqueza del judaísmo diaspórico. No lo constituye en términos culturales y particularmente filosóficos. Tampoco en términos de seguridad.

El judaísmo israelí es, por eso, una de las configuraciones del judaísmo contemporáneo. Ciertamente, una configuración eminente. Pero de ninguna manera una superación del judaísmo de la diáspora.

La judeofobia de nuestro tiempo busca homologar todo lo judío a lo israelí. El terrorismo antijudío golpea indistintamente a uno y a otro viendo en cada uno la expresión del otro. Lo prueban los atentados padecidos por las comunidades judías no israelíes y la negación de la Shoá, negación que nos afecta a todos, judíos israelíes y no israelíes. Si es cierto que los judíos de la diáspora debemos reivindicar ante Israel, y tantas veces como sea necesario, nuestro derecho a un judaísmo distinto del suyo, no menos cierto es que, ante el terrorismo, se impone nuestro parentesco indisoluble con Israel. No somos israelíes pero tampoco somos quienes somos sin Israel y, menos todavía, contra Israel.

La relación entre ambos judaísmos – el diaspórico y el israelí – es indispensable en términos de reconocimiento recíproco en un pie de igualdad. Se necesitan defensivamente en el marco de un derecho a la diferenciación que debe eludir toda jerarquización y promover la interdependencia. Se trata – repito – de una interdependencia que ya no puede estar asentada en una presunta superioridad espiritual, cultural y política del Estado de Israel sobre las comunidades diaspóricas.

Entiendo, por eso, que Israel es una der las expresiones de la diáspora judía y no su antítesis. Si hay judaísmos y no judaísmo, como sostiene Abrasha Rotemberg, entonces el israelí es uno de ellos. Siendo indiscutible, para nosotros, el derecho a la existencia del Estado de Israel, no es de ninguna manera cierto que solo en ese Estado puede y podrá sobrevivir lo judío. Más aún: la supervivencia de lo judío se encuentra tan comprometida dentro del Estado israelí como fuera de él. En uno y otro caso, los riesgos son compartidos aún cuando las causas de los mismos no sean idénticas.

Hay culturas judías en Israel y hay culturas judías fuera de Israel. Cada comunidad, en la medida de sus fuerzas, ha producido su versión de lo judío a lo largo y a lo ancho de la Tierra.

El pensamiento judío no debe confundirse con la tradición judía. Esta, para pervivir, requiere, de modo preeminente, memoria, repetición, costumbres, una liturgia. Aquél no puede sobrevivir sin espíritu crítico, sin creatividad, sin innovación, sin un ensanchamiento conceptual constante asentado en la originalidad y en la libertad interpretativa del Legado. Y sin un compromiso ético y práctico profundo con el medio social amplio donde el judaísmo de cada comunidad tiene lugar. El judío se evidencia también en su ejercicio cívico, aun cuando lo uno y lo otro – lo cívico y lo judío – fuera de Israel no sean ni deban ser sinónimos.

En el ejercicio del pensamiento creador se cumple con el Legado mediante su exploración analítica y su reformulación crítica, a la luz de las circunstancias vividas por cada pensador en su momento y en su lugar.

Nombraré algunos de esos pensadores del siglo XX y principios del XXI, vivos o no, y de diferentes latitudes geográficas: Franz Rosenzweig, Gershom Scholem, Alberto Sucasas, Manuel Reyes Mate, Celso Lafer, Juan Daniel, Nahum Goldman, George Steiner, Alain Finkielkraut, Ricardo Forster, León Poliakov, León Dujovne, Josy Eisemberg, Jean Claude Milner, Isidoro Vegh, Martin Buber, Stephane Mosés, Yakov Rabkn, Norberto Rabinovich, Hannah Arendt, Daniel Colodenco, Diana Sperling.

La lengua francesa, la inglesa, la española, la portuguesa, la alemana, han dado y dan qué pensar. Lo judío en ellas, entre otras, se autoconstituye como un hecho vivo y, en cada caso, singular: dice del judaísmo forjado en su respectiva latitud temporal, social, geográfica y personal.

Hay, pues, también, a consecuencia de ello, un judaísmo producido en la Argentina. Mediante él se ha respondido y se responde al Legado. Así es, por cierto, en el periodismo, el teatro, la poesía, la narrativa y el mundo editorial. Y también, como interesa particularmente en el caso de esta exposición, en el terreno de la literatura de ideas. No ponderamos aquí la sustancia ni la singularidad de esa lectura argentina del Legado. Decimos que tuvo y tiene lugar. Y porque lo tiene y lo tuvo es que decimos que hay una comunidad judía en la Argentina que no se agota en el cumplimiento litúrgico de la tradición. Va más allá de ella: piensa lo judío, lo interpela, lo reconfigura sin cesar, aún sin lograr reconocimiento real en el interior de la comunidad judía. La comunidad judía de la Argentina no practica el estudio de sus propios pensadores.

En efecto, no es fructífera la relación entre quienes en la Argentina cultivan la tradición judía y quienes la interpelan desde el pensamiento creador. Estos últimos no gozan en su comunidad de ascendiente conceptual. No inciden tampoco en el rabinato. Tienen, en cambio, algunos de ellos una considerable proyección sobre la sociedad argentina, al igual que algunas figuras del mundo rabínico. Proveen ideas y valores. Son referentes de la opinión pública. Pero ello no ocurre en su condición explícita de judíos sino de ciudadanos, y su campo de incidencia excede ampliamente, por lo tanto, el de la comunidad judía. No debe desconocerse la raíz judaica de esa enunciación cívica que gana cuerpo en varias figuras del presente. Y en distintas direcciones. Pero ella no es propuesta como judía por quienes la efectúan ni es reconocida como judía por quienes la reciben, en ambos casos, como argentina. En otros términos: en el orden de la interacción entre la comunidad y sus pensadores, la situación no difiere de lo que ocurre en otras latitudes latinoamericanas e incluso europeas. En la Argentina también es mayor la incidencia de los pensadores judíos sobre la opinión pública en general que sobre la comunidad judía en particular. Se trata de un fenómeno relativamente novedoso que ha ganado aliento en años recientes.

Ello nos habla de un considerable desarrollo del pluralismo en el país. Pero retrata, a la vez, una honda fractura entre el cultivo tenaz de una tradición que para subsistir no pareciera necesitar pensar y un pensamiento judío que, para desplegarse como tal, debe hacerlo en los bordes del corpus institucional comunitario.

*Filósofo, ensayista, poeta y traductor.

En:  Pensar lo judío en la Argentina del siglo XXI (Capital Intelectual, 2011)

Mica Hersztenkraut maneja todas las comunicaciones de Hebraica.

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