David & Betsabé

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Por Eduardo Aisicoff

(Fragmentos)

 

Entonces ocurrió algo que me sorprendió, pero luego me causó gracia. David lanzó una exclamación, sonriente, diciendo:

—¡Ah, por fin tenemos con nosotros a Betsabé!  —y el rey de Tiro, que no me sacaba los ojos de encima, se acomodó ligeramente en su asiento, ¡y me empezó a hablar en egipcio! Yo, por cierto, no entendí ni una palabra de lo que decía, y David le dijo, sonriente:

—No, no es egipcia, es de una aldea cercana a Jerusalén —al tiempo que tomaba mi mano, la acercaba a su boca y la besaba con ternura. Yo permanecía de pie, en silencio, y luego de unos momentos en los que no cesó de mirarme, el rey de Tiro dijo, ahora en fenicio, dirigiéndose a David pero siempre mirándome:

—Sí, Betsabé es un nombre semita, no egipcio, sin embargo… —y ahora sí me habló a mí—, …sin embargo, ¡pareces una egipcia! —y David lanzó una breve carcajada, y respondió:

—¡Has visto, estas formas que tienen las mujeres para arreglarse, cómo nos pueden confundir! —yo, a esta altura del diálogo, sentí que comenzaba a ruborizarme. ¡Es que nunca me había pasado algo así! Intentaba mantener la mirada seria y el mentón erguido, pero, entre las caricias y los mimos que David me brindaba delante de todo el mundo, y el equívoco del rey de Tiro, no pude evitar una sonrisa. Entonces llegó el momento más emocionante para mí de esa Recepción, porque David dijo, dirigiéndose al rey de Tiro mientras ambos seguían mirándome:

—¡Mira qué sonrisa preciosa tiene! —yo ya debía de estar totalmente sonrojada, y David siguió—.  Es una de las armas que usó para cautivarme.

Pronto la tomaré por esposa, y cuando te devuelva la visita a Tiro la llevaré conmigo —en ese momento no me di plena cuenta de lo que implicaban estas

palabras.

……………………..

En ese momento me dije que sí, que era hora de poner fin a “este estado de cosas”, pero no en el sentido en que me escribía Padre, sino que “ese estado de cosas” a terminar era, para mí, mi matrimonio. Que el único matrimonio al que yo me sentía ligada era al que contraería con David, una vez disuelto mi vínculo con Urías. Y no sólo porque amaba a David, a todo lo que él representaba, no sólo porque me convertiría en reina de Israel una vez casada con David, y sería una mujer halagada, envidiada y amada por el pueblo, y famosa desde el Nilo hasta el Éufrates, sino, y fundamentalmente, porque llevaba dentro de mí un hijo de David. Ahora sentía yo que tenía un deber superior a cualquier otro, porque el animal que había en mí, la leona de Judea que sentía vibrar dentro de mí me impulsaba a luchar por mi cachorro de león, a pelear, a despedazar a cualquiera que pudiese poner, sino en peligro, en una situación menos ventajosa a su futuro. El resto de mi vida había pasado, en cierto modo, a un segundo plano. Porque con mi embarazo entraba a otra situación, dejaba de ser sólo la hija de Padre y Madre que hasta entonces había sido, y en virtud de lo cual podría haber consentido en obedecer a Padre. Porque ahora, sin dejar de ser la hija de Padre y Madre, pasaba yo también a ser madre, y un impulso poderoso, una fuerza irresistible me movía a cuidar, con uñas y dientes, a defender salvajemente lo que ya preveía para mi hijo, esto es, la mejor de las vidas posibles, ser el Heredero al Trono de Israel, ser algún día rey de Israel. Entonces empecé a entender la situación de una manera distinta, a observar las cosas desde un punto de vista diferente.

 

De la novela David & Betsabé de Eduardo Aisicoff, disponible en Amazon

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