La extranjera de Miguel Chinski

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La mesa de roble extrañaba su lugar. Había sido fabricada para reinar en la casona de Orosháza, pero ahora, oscurecida por cien años de agrupar familia, dejaba poco espacio a su alrededor. Zoltan y Agi apenas consiguieron hacerla entrar en la cocina-comedor de la casita que alquilaron en Budapest.

Nagymamá (1) (en el pueblo le decían así, como si fuese la abuela de todos), desde su solitario lugar en la cabecera había visto crecer a sus hijas, Nora y Agi. Viuda gracias a las andanzas de su marido (un tal Vermes de quien ya nadie se acordaba) en los ejércitos de Francisco José, se dedicó para siempre en soledad a ordenar la vida de sus hijas. Las casó con Bela Grimberg y Zoltan Lustig.

“Con razón murió cuando supo que nos mudábamos a Budapest”, pensó Agi al mirar a su hija y a su sobrina hacer la tarea para el lunes siguiente. “No habría lugar para ella, debió haber creído…”. Ella y Nora la enterraron en el predio que Nagymamá misma reservó junto a su marido ni bien le dio sepultura. El cementerio judío del pueblo ya hospedaba a sus abuelos y a los padres de sus abuelos.

Márgit no levantaba la vista de su cuaderno. Júdit se distraía mirando a su tía que cada quince minutos, como todos los viernes antes de empezar Shabat, se levantaba para revolver el gúlash.

“Siempre fue así y siempre lo será”, pensaba Júdit.

Cuando escuchaba disminuir el crepitar de las burbujas, espiaba cómo Agi empuñaba la manopla de estopa, abría la puertita de hierro y agregaba otro leño debajo de la olla. Después la seguía de reojo hasta que su tía volvía a sentarse para continuar lustrando la panera de plata.

– Cuando la panera brilla, la jalá es más rica. Su trenzado luce. Por eso hay que lustrarla cada viernes, ¿entienden, chicas? Así nos educó Nagymamá (1).

Júdit miró a Márgit, cómplice:

– Nos repite lo mismo cada viernes, como un disco rayado.

Agi no les fallaba. Tampoco en el ritual de agarrar nueces de la canasta junto a ella. Rompía y pelaba para las tres.

A Júdit le costaba decidir cuál era la imagen de su tía que prefería dibujar: vigilando a Márgit hacer su tarea, revolviendo el gúlash, distraída mirando por la ventana, o la más difícil pero la que más le gustaba: sentada en la cabecera de la mesa rompiendo dos nueces prensadas entre sus manos.

“Hay que tener manos muy fuertes”, se imaginaba.

La mesa y las seis sillas eran de los pocos muebles que habían traído al mudarse, como si fueran los miembros de la familia que habían pasado de generación en generación, de hija en hija. Los hijos varones no contaban para esa custodia, ya se sabía. Era cosa de madres.

Agi nunca se hubiese mudado sin sus muebles, aunque hubiese tenido dinero para comprar nuevos. No habría cambiado esa mesa donde, los días en que Zlotan no la precisaba en la verdulería, servía la merienda a su hija y a su sobrina, a la vuelta de la escuela; o el aparador donde guardaba la vajilla grabada con imágenes de campesinos que labraban la tierra de Orosháza, el pueblo donde todos ellos habían nacido. Su bisabuelo carpintero los había fabricado.

El olor que despedían las burbujas, para Júdit, estaba mezclado con el de la mesa. Eran uno con el otro. Ahora la mesa le pertenecía a su tía, antes había sido de su abuela, y antes, de su bisabuela. Un día sería de Márgit. Júdit sabía que seguiría en esa rama de la familia, que nunca sería de ella.

A poco de llegar a Budapest, en una ocasión les preguntó a sus padres por qué no se la habían llevado ellos, si Nora era la mayor y tenía derecho. En aquel momento no entendió la explicación que le dieron.

– En esta casa no hay lugar – dijo su mamá.

– Hubiéramos alquilado una como la de los tíos.

– Ya está, eso es hablar del pasado.

Júdit entonces miró a su padre. Bela miró a Nora y desvió la vista hacia el vacío

– Los muebles son de la familia de tu mamá, yo no decido.

Faltaban pocas horas para el encendido de las velas y Zoltan ya estaba en casa, lavado y cambiado. Listo para cuando llegase la hora de decir Kidush. Júdit esperaba la llegada de su padre, que la pasaba a buscar puntualmente cada viernes a las cinco, después de cerrar la panadería. Bela llegaba con jalás tibias de la última horneada. La había escondido de los clientes para no tener que venderlas. Se aseguraba de que sus cuñados y su sobrina tuviesen suficiente pan para toda la semana. También guardaba dos para su casa, quemaditas, como le gustaban a su hija. Por Nora ya no se preocupaba. Hacía años que había renunciado a complacerla. Para ella, o estaban muy crudas o muy quemadas.

Agi mantenía el gúlash a fuego lento. Aun con las ventanas cerradas a fines de diciembre, el aroma envolvía a cualquiera que se acercase a la puerta de calle. La casa misma despedía olor a gúlash.

– Zoltan, abrochate el botón del cuello y subite el nudo de la corbata…, ahora.

Zoltan esperaba a su cuñado con un vaso de pálinka (2) servido para cada uno. También con un plato que desbordaba shmalts (3) tibio de ganso, que su mujer había preparado unos minutos antes.

Por fin Bela golpeó la puerta. Júdit y Márgit corrieron a ver cuál de las dos llegaba primera. Cada una quería abrir la bolsa y oler las jalás antes que la otra. Esperaban la ceremonia del Hamoitse (4), cuando Bela sostenía una jalá en cada mano, las bendecía y luego cortaba una de las dos en rebanadas. Primero, las dos puntas, una para cada una de las chicas.

Agi también esperaba ese momento. Su marido y su cuñado discutirían en una punta de la mesa; las chicas, en las sillas del medio, se reirían por cualquier motivo al masticar pan con shmalts crocante con todo el ruido posible. Sería su rato propio, en el que nadie la miraría ni le pediría nada.

Sentada en su lugar heredado, desde donde quien lo ocupaba cuidaba a los suyos, Agi se distrajo. Por la ventanita a su derecha, como a través de un catalejo, recorrió la ladera de Buda hasta llegar con la vista a la punta sur de Margitszíget, la isla donde estaba su café favorito. Lo había descubierto ese otoño durante un paseo para conocer Budapest, a la izquierda del puente Márgit, en la mitad del Danubio.

De repente algo tironeó de las dos mangas de su suéter.

– ¡No nos estás escuchando!

Agi, como una flecha lanzada desde Margitszíget, volvió a su cocina.

– Yo no quiero ir sola al colegio secundario. No conozco a nadie.

– Pero Júcika, vos querés estudiar arte y Márgit quiere ser maestra.

– No nos importa, mamá, queremos ir juntas. Hablá con la tía Nora, convencela. Yo tampoco quiero ir sola.

– Acá está tu papá, Júcika, hablá con él. No podemos decidir por tus padres. Zoltan, ayúdame.

Zoltan ni siquiera giró la cabeza. Bela y él estaban enfrascados en una discusión política y tomando el segundo vaso de pálinka.

– Con mi papá no hay problema, me va a decir lo mismo que me dice siempre: “si vos querés, hija…”, mi mamá es el problema.

– Nora es tu mamá, ella decide.

– Entonces yo voy donde la manden a ella – intevino Márgit.

Para alivio de Agi, en ese momento el teléfono interrumpió la discusión.

– Bela, atendé, seguro es Nora. Júcika, agarrá tus cosas y váyanse. Tu mamá debe estar esperando. Se va a poner nerviosa si llegan tarde.

– Todo la pone nerviosa, tía.

– Váyanse de una vez, empieza

Bela colgó el teléfono y volvió a la mesa.

– No hay apuro, Nora no viene a cenar. Tiene trabajo.

– ¡Se quedan a cenar! – gritó Márgit -. Tío, te toca decir Kidush. La última vez lo dijo papá.

– Bueno, paren de saltar y pongan la mesa – ordenó Agi.

– ¿Puede quedarse Júcika a dormir?

– Tiene que ir a su casa. Qué va a decir Nora si no la encuentra cuando vuelve.

– Ni se va a dar cuenta, tía – interrumpió Júdit -. Seguro que vuelve tarde y se va a dormir. El viernes pasado cenamos mi papá y yo solos. Cuando llegó tampoco entró a mi pieza. A la mañana dijo que había tenido mucho trabajo, siempre tiene mucho tra…

– Hija – interrumpió Bela -, cenamos acá pero después vamos a casa. No quiero discusiones con tu mamá.

El sábado a la mañana Agi se levantó antes de las ocho, sobresaltada por golpes en la puerta. Al abrir encontró a Júdit llorando.

-¿Qué hacés acá, Júcika, pasó algo, viniste sola?

Cuando llegó mi mamá se puso a gritar porque la jalá estaba quemada. “¡Ni pan sabés hacer!”, le gritó. No me podía dormir, hoy a la mañana me levanté muy temprano y lo vi durmiendo en el sofá del living. No quiero volver, tía.

                                                                                                            ********

(1) Nagymamá (húngaro) Abuela

(2) Pálinka (húngaro) Bebida alcohólica

(3) Shmalts (idish) Grasa clarificada para freír o untar, habitualmente de pollo o ganso.

(4) Hamoitse (idish) Bendición del pan en el judaísmo.

Extracto de La extranjera de Miguel Chinski, Tren en Movimiento, 2023.

SOBRE LA NOVELA
¿Cómo se vive en constante desarraigo, habiendo dejado todo tras de sí, incluso el idioma materno? ¿Qué se siente no tener un ancla, un lugar al cual volver? Esta novela responde a estas preguntas a través de la historia de Júdit, una vida signada por el desafío a los mandatos de su tiempo.
“’La extranjera’ construye con solidez su mundo. Sus personajes, profundos y contradictorios, no son ejemplos morales, juegan sus cartas con riesgo. La Hungría colaboracionista del régimen nazi, la Europa de emigrantes, la Argentina pujante de los años cuarenta son espacios de esta novela histórica donde los avatares de la primera mitad del siglo XX no son un mero telón, sino la arcilla con que se lidia para construir la vida”. (Del Prefacio de Elsa Drucaroff y Alejandro Horowicz)
SOBRE EL AUTOR
Miguel Chinski nació en Buenos Aires en 1949. Hijo de inmigrantes judíos escapados de Europa meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, creció rodeado de familias que, como la suya, nunca consiguieron anclar del todo en el país que los salvó del exterminio. Inició varias carreras universitarias pero no completó ninguna. Antes de cumplir veinte años accedió a la “calle Corrientes” de fines de los sesenta y se abrió a un universo nuevo. Militó en grupos de estudio donde comenzó a escribir cuentos cortos que se perdieron en el camino. Interrumpió ese proceso al emigrar a Israel y luego a Estados Unidos, repitiendo así la historia migratoria de sus padres. Volvió a Buenos Aires en 1979. Trabajó en el oficio de peletería, que heredó de su padre, y en el gremio de taxis, hasta que después de cumplir 60 años decidió darle un giro a su vida. Abandonó esos trabajos y comenzó a frecuentar talleres de escritura creativa, a leer más y a escribir. Esta es su primera novela y le llevó ocho años terminarla. Completó otra que aún permanece inédita. Actualmente trabaja en una tercera.

Mica Hersztenkraut

Author/Owner

Mica Hersztenkraut maneja todas las comunicaciones de Hebraica.

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