Vivienda en Jerusalén*

Shmuel Josef Agnon

Después de desayunarse, anotó en su libreta varias direcciones que le dieron en el hotel y salió en busca de vivienda. Recorrió varios barrios preguntando en distintas casas si había un cuarto por alquilar. A veces lo recibían bien, pero el cuarto no era suficientemente acogedor; otras veces el cuarto lo recibía bien, pero los dueños no eran acogedores, y casos hubo en que no sabían de qué les estaba hablando, pues metidos en sus casas no sabían que había gente que no tenía dónde vivir, o vivía en condiciones miserables. Y así, rodando de barrio en barrio y de patio en patio, transcurrió la mayor parte del día sin que hallara vivienda.

Regresaba, pues, al hotel, pues estaba cansado de ir de un lado a otro y las ideas se confundían en su mente, por lo que pensó seguir buscando al día siguiente. Por el camino pasó por la explanada de los rusos. Llamóle la atención el lugar, espacioso y agradable, envuelto en silencio y con un muro que lo separaba del bullicio ciudadano, y en el que soplaba una fresca brisa. Sintió ensancharse su alma y se quedó a descansar.

Los viejos de la generación que aman cada piedra y cada rincón de Jerusalén cuentan que un judío estuvo por comprar el lugar, pero no llegó a un acuerdo con el dueño de la tierra sobre la anchura del camino. El comprador alegaba que debía ser de seis codos, para que permitiera el paso de dos camellos cargados, viniendo uno en dirección contraria al otro, mientras que el vendedor decía que bastaba la medida de la anchura de un camello cargado, es decir, tres codos. El vendedor no cedió, y el comprador tampoco, y el lugar, con otras tres parcelas adyacentes, fue vendida a los rusos. Israel se apiñaba por entonces entre los muros, en callejas árabes, sin ver la luz del sol ni una pizca de verdor. Agostábanse los ojos por la falta de luz y faltaba el aire para respirar, pero soportaban sus sufrimientos y se consolaban pensando en el futuro, cuando la Tierra de Israel volviera a Israel y todo judío viviría entonces en un palacio. Y si algún judío tenía dinero arrendaba la casa de un gentil y compraba una concesión. ¿Cómo? Gestionando ante los doctores de la comunidad un escrito de concesión sobre la casa y el patio, subarrendando aquí un rincón de un cuarto y aquí un cubículo, recabando alquileres de acuerdo a la tarifa establecida por las leyes de Jerusalén. Y todo aquel que pretendía pasar por encima de la concesión era perseguido y excomulgado. El precio del arrendamiento fue subiendo, porque los gentiles se habían propuesto devorar con toda su boca a los judíos y no había muchas casas en la ciudad, y los concesionarios se consideraban a sí mismo propietarios en virtud del acuerdo concertado con los doctores de Jerusalén, que hacían uso del poder que en ellos delegaron los ministros y funcionarios de Constantinopla.

¿Y qué hacían las naciones del mundo? Comparaban casas, patios y parcelas, construyendo en ellas casas  que entregaban a los miembros de sus comunidades, fueran ricas o pobres, gratuitamente, amén de las casas que construían para los peregrinos, que siempre estaban vacías. Y seguían comprando terrenos dentro de la comunidad y fuera de ella. Cierta vez, la Iglesia armenia quiso comprar tierra, pero no tenía dinero. Pidieron prestadas al Gobierno cuarenta mil libras esterlinas. Cuando llegó el momento de pagar, el obispo se fue a Constantinopla y convino con el Gobierno recabar de cada varón un “grush” adicional a sus impuestos anuales. Antes de tres o cuatro años cubrieron su deuda. Los armenios compraron el sector sudoeste, amén de campos y aldeas en las afueras de la ciudad, y con el dinero del alquiler de viviendas y tiendas que arrendaron a judíos volvieron a comprar tierras y a construir casas y locales. Los griegos adquirieron la parte noroeste, además de campos y aldeas en las afueras, y de los alquileres de casas y tiendas a quienes no eran de su comunidad volvieron a comprar tierras, donde construyeron casas y tiendas, hasta que rodearon a Jerusalén. Los rusos compraron esa explanada y su iglesia y las viviendas para los frailes y monjes y para los peregrinos que vienen de Rusia todos los años para besar la tierra de la tumba de su Mesías.

Y todavía los judíos seguían apiñados dentro de los muros, en patios reducidos que arrendaron a los árabes, cada patio dividido en pisos y cada piso lleno de viviendas. Las casas no tenían ventanas. Algunas recibían la luz a través de una claraboya, y otras por un agujero en la pared, encima del dintel o a través de un hueco abierto hacia el patio, donde estaba el pozo del agua y donde las mujeres lavaban la ropa; y debajo, en el patio del piso bajo, estaban los retretes, que sólo se limpiaban una vez cada tantos años. Aún era posible comprar una casa por un saco de arroz, pero en todos aquellos años no hubo sino un solo judío en toda la ciudad que se compró una casa para sí. Y cuando vinieron nuevos inmigrantes no encontraron lugar para reposar sus cabezas, por lo que solían dormir en la calle, hasta que encontraban un techo en una casa árabe no acabada de construir.

Jerusalén comenzó a buscar una solución, y el Señor puso en las mentes de la gente la idea de trasponer los muros, comprar tierras y construir casas. Pero era difícil para los encargados de las comunidades invertir dinero en madera y piedra cuando había que asistir a pobres e indigentes. Y quien no pensaba en los pobres pensaba en sí mismo, pues todos los caminos de allende la muralla eran peligrosos, no habiendo poblado alguno fuera de la explanada de los rusos, y cuando por las noches se cerraba la ciudad, todo aquel que se encontraba fuera de los muros exponía su sangre impunemente.

Aquellos que consideraban sus cuerpos más valiosos que la Jerusalén reconstruida se quedaron dónde estaban, y quienes apreciaban a Jerusalén reconstruida más que sí mismos salieron más allá de las murallas, compraron tierras y construyeron  siete casas, una para cada uno, y el barrio se llamó el barrio de los siete. Esas fueron las primeras siete casas levantadas al otro lado de la muralla, excepto las casas de Yehudá Turá y las casas de Moshé Montefiore, construidas diez años antes.

Esas siete casas no tienen prestancia ni hermosura, pero sí el mérito de haber ensanchado las fronteras de Jerusalén, creando en los pobladores de la ciudad una nueva costumbre, ya que antes no solían trasponer las puertas de la ciudad, salvo por la Pascua, cuando, siguiendo la tradición, daban una vuelta en torno a la muralla. Desde que se construyó el barrio de los siete, solían salir también en los días restantes para interesarse por sus hermanos, los habitantes del barrio de los siete. Y en los días primeros de mes, en que las mujeres no trabajan, salían en grupos, engalanadas con sus prendas sabáticas, y las acompañaban sus parientas y las parientas de sus parientas. Salían por la puerta de Jaffa, pasaban por el café árabe, escalaban la montaña y descendían a los valles, hasta llegar al barrio de los siete. Y mientras caminaban descubrían que, aún en medio de sus ruinas, el aire de Jerusalén hacía revivir el alma. Y uno decía al otro: “Si pudiera, me construiría aquí una casa” y el otro respondía: “Roguemos porque podamos.” Siete u ocho años más tarde se construía Meá Shearim, cien casas construidas para cien personas mancomunadas. Otros siguieron el ejemplo, y no muchos días después, Jerusalén se adornó con nuevas casas de judíos.

(…)

Volvamos a Itzjak. Sentado en la explanada, se recobró de su fatiga. Se levantó y fue al barrio de los siete. Vió una casa más alta que las otras, y se dijo: “Esta casa está llena de viviendas. Tal vez haya aquí un cuarto para mí. Preguntaré.” Entró, encontró un cuarto disponible y lo alquiló.

 

*De Ayer y anteayer, Shmuel Josef Agnon (Plaza & Janes, 1969). Traducción Etty Elkin de Hoter.