Alberto Gerchunoff. Periodista, crítico y pensador

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Por Alfonsina Kohan

Una vida de viajes, dolores y esperanzas *

De allá soy, amigos míos. Soy de los contornos de Villaguay.

 El rocío que escarcha en el amanecer la costa gramillada del

 Vergara refresca mi corazón, y al acordarme de Entre Ríos,

de Villaguay, del Vergara, de Domínguez […] veo aclarar en mí

como aclara el cielo […] Entre Ríos, tierra benévola, tierra de

hombres leales, guarnecida de ceibos, diste fondo a mi alma…

Alberto Gerchunoff, Entre Ríos, mi país

 

La familia de Abraham Gerchunoff (será bautizado Alberto en Argentina) migra por primera vez en 1887 hacia Tulchin, pero al año siguiente durante la celebración de Pésaj, su padre ya deseaba irse con su familia de Rusia, el zar Alejandro II había sido asesinado y los pogroms recrudecían peligrosamente. Frente al creciente antisemitismo, emigrar era la mejor opción. Simultáneamente, Argentina se convertía en un lugar que invitaba a los inmigrantes del mundo, era necesario poblar las grandes extensiones de tierra inhabitadas. Un agente de inmigraciones en París, Carlos Calvo, tenía la tarea de atraer judíos rusos al país, los viajes eran financiados por el por el Barón de Hirsch. La primera colonia agrícola hebrea se asentó en la provincia de Santa Fe y recibió el nombre de Moisés Ville, lo que podría traducirse como Villa Moisés, en honor a quien guió a los judíos para escapar de las penurias y la esclavitud en Egipto, hacia la tierra prometida, hacia la nueva tierra. Cuando la familia decidió la partida hubo una mezcla de emociones en la que se fundieron despedidas con llantos desconsolados y los buenos augurios para un destino promisorio. Muchos años más tarde, Alberto Gerchunoff dirá en su Autobiografía:

Partimos una mañana de primavera en que florecía el arroz y se llenaban de perfume las acacias, camino del lugar más cercano de donde arrancaba el ferrocarril […] en mi memoria se han fijado pocos recuerdos del viaje. Lo que no me olvido es el momento en que pasamos la frontera, en el límite de Graieff. Mi padre me indicó al cosaco que cuidaba la última casilla del territorio ruso y me dijo con júbilo: −Míralo bien; no verás cosacos en la Argentina. La Argentina, niño mío, es un país libre, es una república, es decir, donde todos los hombres son iguales. Con delirante elocuencia, transfigurado por una alegría profunda, exaltó el beneficio supremo de la libertad.

La familia Gerchunoff atravesó el Océano Atlántico como tantos inmigrantes que llegaron a este país con el anhelo de trabajar la tierra, de construirse en hombres y mujeres nuevos, fuertes y libres, luchadores y felices. Al llegar a Buenos Aires se instalaron en el Hotel de Inmigrantes y de allí, los llevaron a la primera colonia creada por el Barón de Hirsch: Moisés Ville. En ese lugar, Gershon –Gregorio en nuestro país−, quien había concebido a la Argentina como la posibilidad de una vida libre y justa para los judíos, es asesinado por un gaucho borracho a poco tiempo de llegar. Gerch reescribe una y otra vez esa muerte, velada bajo el personaje de Rabí Abraham en Los gauchos judíos y con más detalles:

Fue un instante, un instante horrible y pavoroso. Gritos de espanto hendían el aire. Un minuto de indescriptible confusión pasó y entonces pude comprender toda la enormidad de nuestra desgracia. […] Extendido en el suelo, yacía mi padre anegado en sangre, y en dos catres, en el cuarto contiguo, mujeres vecinas curaban a mi madre herida gravemente y a mi hermana mayor, […] Mi padre fue enterrado en el pequeño cementerio de Moisés Ville y sobre su lápida los israelitas escribieron un epitafio […] “Aquí yacen los restos de rabí Gerchun Gerchunoff, amado por su sabiduría y venerado por su alta prudencia, varón elegido y justo”

Nunca criticó al asesino de su papá y sin embargo contó, ficcionalizó y volvió a actualizar narrativamente ese suceso acaecido en Moisés Ville numerosas veces a través de su pluma. Recrear la muerte de su padre, Gershon Ben Abraham Gerchunoff, reconstruirla una y otra vez en diferentes escenarios, es una decisión literaria. Metaforizar su cuerpo tendido sobre la nieve rusa tiñéndola de sangre o en el suelo santafesino o entrerriano es un modo de sanar, aunque nunca manifestó el dolor de manera explícita, solo lo sugirió a partir de palabras como gritos, gemidos, de “ese instante horrible y pavoroso…”

Por su parte, no referir al deceso de su madre, enterrada en el cementerio de San Gregorio en 1913 también es una elección. Hay algo traducible en una dolorosa metáfora cuando intento identificar la tumba de Ana Korenfeld de Gerchunoff. Han transcurrido ciento seis años desde su muerte y aunque me acerco a varias sepulturas de la familia, no logro encontrar la suya, los nombres se han borrado. En mi pesquisa descubro que el cementerio tenía un sistema ordenado de registro que fue enviado a la AMIA para su digitalización y que se perdió para siempre como tantos documentos en el momento en que fueron asesinadas ochenta y cinco personas y heridas más de tres centenas en el atentado terrorista del 18 de julio 1994. Tantas muertes a causa de la intolerancia, el odio, el racismo. Tantas pérdidas humanas, tanto dolor irremediable.

Vuelvo a pensar en Los gauchos judíos, puntualmente en el episodio titulado “Historia de un caballo robado”, cuando frente a la acusación, se expresa: “−Son ladrones estos judíos […] Rabí Abraham ha presentido, quizás sin prever sus consecuencias lejanas, el comienzo de un período nuevo, que transplanta al suelo argentino el juicio eterno sobre los hebreos”. Recuerdo nuevamente el sueño de libertad que corona ese capítulo, ese de que Argentina sea en el bicentenario de la Patria un lugar de paz y hermandad: “Yo quiero creer, sin embargo, que no siempre ha de ser así, y los hijos de mis hijos podrán oír en el segundo centenario de la República, el elogio de próceres hebreos, hecho después del católico Tedeum, bajo las bóvedas santas de la catedral…” Los restos de su madre descansan a perpetuidad en San Gregorio –Villa Domínguez, Villaguay−, cerca del lugar donde la familia sólo vivió tres años pero que marcó a nuestro escritor para el resto de su existencia terrenal.

Creo no equivocarme al afirmar que, a la muerte de su padre, Alberto adoptó a la Patria de manera parental y estoy segura de no incurrir en un yerro si sostengo que en Rajil halló la promesa que ese hombre le hiciera al emigrar de Rusia. En ese suelo entrerriano, el Gerch aprendió a ser un gaucho, a arar, a ser jinete y boyero, a montar a caballo, a cuidar la hacienda, a enlazar y a usar las boleadoras, a vestir bombacha, a amar los colores y aromas del campo y a hablar castellano. La trágica muerte de Gershon Gerchunoff había llevado a su madre a decidir esa nueva migración, hacia los montes entrerrianos, a Villa Domínguez, más precisamente a Colonia Rajil como puede leerse en cada texto de Gerchunoff o Rachel como figura en algunos mapas de la época. Allí los niños fueron felices, bajo el cielo entrerriano Alberto encontró el refugio que silenció el dolor por la muerte de su padre y en su lugar le dio la fuerza para labrar la tierra y sentir al trigo como oro. En las zonas donde se asentó la comunidad judía, tales como Rajil, no había escuelas. El barón de Hirsch se ocupó de conseguir docentes que hablaran castellano dado que consideraba esencial el aprendizaje de la lengua en la formación de los niños para que pudiesen ser ciudadanos argentinos con todas las letras. La Jewish Colonization Association J.C.A envió maestros formados en París para esta tarea, tal es el caso de Joseph Sabah quien organizó escuelas en Entre Ríos, recorrió las colonias y censó a todos los niños en edad escolar. La escuela de Colonia Clara estaba a diez kilómetros de Rajil y los pequeños iban caminando. Allí comenzó la educación formal de Alberto Gerchunoff y su fascinación por aprender hebreo, castellano, judeoespañol o ladino que hablaba el profesor Sabah, relatos bíblicos mixturados con leyendas de gauchos, gramática, aritmética e historia judía. Por esos años escuchó las anécdotas de un boyero, Don Gabino, quien peleara en las filas de Urquiza bajo el mando de don Crispín Velázquez, y le relatara hazañas legendarias mezcladas con creencias de la zona como la luz mala y otras leyendas del campo.

Ávido y pleno, devoraba lo que oía de los peones y cada historieta que encontraba en las maquinitas de cigarrillos. Para él todo era una fértil posibilidad de construir relatos. Era un niño feliz. Pero la felicidad que experimentaba a sus doce años era antagónica al dolor y sufrimiento de su madre, la plaga había consumido todo lo sembrado, durante los tres años en que estuvieron en Rajil, la maldición los había perseguido como una sombra desde la trágica muerte en Moisés Ville. La madre decide mudarse con sus cinco hijos a Buenos Aires en 1895. Fueron en tren hasta Colón y desde allí navegando en barco por el río. Para nuestro Gerch, los primeros años de vida en la gran urbe no estuvieron signados por la armonía con que recordaba a Villaguay. Se convirtió en un niño-adolescente proletario en condiciones lamentables de explotación aun cuando estaba prohibido el trabajo infantil desde 1878. La familia apenas podía subsistir e inclusive él, el menor de los hermanos, debía realizar trabajos en sitios hacinados y con sueldos lastimosamente magros. Fue operario, obrero, panadero, mecánico, cigarrero, pasamanero, antes que periodista y escritor. Recordaría con mucha tristeza aquellos años en los que sufrió decepciones, trabajó en condiciones horribles y permaneció largas horas fuera del conventillo en el que vivían. Sin embargo, encontró en aquellas experiencias un incipiente mundo formativo; mientras era aprendiz de panadero, un carrero español le enseñaba letras latinas, cuando fue mecánico y tenía las manos quemadas por cepillar el bronce en la lejía, un compañero de apellido Leonardi le contaba chistes en castellano, hasta que sufrió un accidente, y ese niño de manos curtidas que no paraba de leer, vio morir a su amigo decapitado y una vez más fue testigo de una muerte violenta como la de su padre. Mientras trabajaba en la fábrica, otro obrero le prestó un ejemplar de Don Quijote de la Mancha, y la literatura fue sin dudas su pasaje a la esperanza. El deseo de aprender y su condición de ávido lector que había nacido en aquella pequeña escuelita de Colonia Clara no cejaron frente a las nefastas condiciones que le tocaba transitar. Se convirtió en un cervantino, El Quijote era su libro de cabecera y confiaba en la tradición hispánica, con él se deleitaba imaginando mundos posibles y gozaba de la lengua castellana. Leyó una y otra vez la novela de Cervantes a la que homenajearía muchas veces a lo largo de su vida. En los tristes años de niño sumido en el proletariado, el trabajo que más le gustó fue el de pasamanero. Hilar telas era como hilar historias, dirá Mónica Szurmuck …“en los diseños sobre la tela se fue gestando la tarea de narrador que luego reemplazaría las imágenes por palabras”. Entre tanto, después de la larga jornada laboral, estudiaba hasta que su madre lo obligaba a dormir y le apagaba la vela porque quería ingresar al Colegio Nacional de Buenos Aires. Rindió el examen exitosamente y esta fue su posibilidad de fantasear con un futuro diferente. Fue un año agotador, trabajaba desde las seis hasta las diez de la mañana, de allí al colegio hasta las dieciséis, regresaba al taller hasta las veinte, cuando por fin volvía a su casa para estudiar. Su profesor de castellano, Joaquín V. González, lo estimaba mucho. Cierto día, le habló a su maestro del dolor que sentía por no ser argentino, no tenía aun los dieciséis años necesarios para naturalizarse. González y el rector de la institución llevaron al niño de catorce años en auto sin darle explicaciones, hasta que Alberto interrogó:

−¿Adónde vamos?- pregunté tímidamente.

−¡Pues hombre!– exclamó el rector-. ¡A hacerlo argentino!…  ¿Acaso no lo es en realidad?

Solo dos años pudo asistir a instituciones educativas formales, debió abandonar el colegio por la necesidad de trabajar. Aunque nunca dejó de estudiar, pasaba largas horas en la Biblioteca Nacional o en la del Centro Socialista donde a los trece años conoció a Roberto J. Payró que lo llevó a La Nación y de quien no se separó jamás, fue como un padre para él. Alberto Gerchunoff fue un hombre de carácter mordaz y crítico, de humor ácido –rasgo muy judío, por cierto−; según Manuel Gálvez declamaba en forma verborrágica y escatológica. Ostentaba una postura tan esperanzada que, muchas veces, lo hacía parecerse a un niño. Ávido en todo, vehemente como si quisiera comerse el mundo, lograr cada propósito, superarlo todo. Quizá el pasado de sufrimiento y frustración lo llevara a proponerse ser un hombre culto, no dudó jamás en cultivar relaciones de amistad y camaradería en los círculos intelectuales. Su vida puede definirse en términos de voracidad, escribía mucho, leía mucho, comía y fumaba mucho, trasnochaba mucho y hablaba mucho, a tal punto que nunca más se mantuvo en silencio.

Venció su condición de niño proletario, de huérfano, de inmigrante pobre, para ser escritor, para transitar y gozar las bibliotecas, ganar con la cultura un lugar de privilegio en la intelectualidad de su tiempo. Y lo logró, vaya si logró con creces dejar atrás su labor de pasamanero, de obrero, de mecánico, de panadero, para ser reconocido en su trascendente y vital esencia en nuestro país y en el mundo. Aunque en los primeros momentos la gran urbe no le regaló una vida sencilla, luego quedó como amarrado a Buenos Aires, no pudo volver más que en puntuales ocasiones a su amada Rajil. Sin embargo, este argentino por elección y adopción, en su foja de servicio del diario más importante de la época en Latinoamérica, La Nación, dice de puño y letra, haber nacido en Villaguay, en el corazón mismo de la provincia de Entre Ríos.

El hecho de haber sido feliz los tres años que vivió en Rajil haya sido tal vez la causa de su elección, el motivo por el que decidió decirse y presentarse al mundo como argentino, entrerriano y orgullosamente villaguayense. Así lo eligió nuestro Gerch, a pesar de que tuvo una vida de viajes, un derrotero continuo de Rusia a Santa Fe, de ahí a los montes entrerrianos, para luego migrar a una compleja y atrapante Buenos Aires; a pesar de vivir un año en Tucumán, haber trabajado brevemente en Rosario, y haber regresado a Europa como enviado cultural, de haber recorrido diversos lugares del mundo como corresponsal del diario La Nación; a pesar de todo ese discurrir por el mundo, afirmó siempre ser de Colonia Rajil. Así transitó su vida, de niño ruso a gaucho, de obrero proletario a estudiante, de lector esperanzado a escritor y periodista, de inmigrante a representante argentino en el extranjero. De niño huérfano de padre, a hijo de una Patria; de niño humilde a amigo, esposo, padre, cocinero, anfitrión y gran conversador.

En su vida privada fue muy familiero, muy compañero de su esposa, un padre que compartía mucho con sus hijas y un abuelo cariñoso. Muy amigo de sus amigos, siempre cocinaba para recibirlos. Su mujer, Teresa Kohan, fue el amor de su vida, solo escribió poesía en la época en que intentaba conquistarla. Se casó con ella en 1907 profundamente enamorado y así siguió hasta el final de su vida. De esa unión nacieron cuatro hijas: el 30 de mayo de 1907, Rosa Esther que estuvo casada con Julio E. L. Payró con quien tuvo dos hijos, Jorge y Ana Lía; Ana María llegó al mundo el 3 de mayo de 1910, se casó con Manuel Kantor y fueron padres de María Sofía y Gabriel; cinco años más tarde; el 22 de mayo nació Blanca, quien primero contrajo matrimonio con Abraham Jaroslavsky, tuvieron tres hijos: Máximo (asesinado por la Triple A en 1975 en Tucumán), Luis y Juan Pablo (este último debió exiliarse a España en 1976), y en 1958 unió su vida a Amaro Villanueva; y la hija menor llamada Lía (nació el 14 de agosto de 1917, estuvo enferma e internada reiteradamente en instituciones psiquiátricas a lo largo de los cincuenta y dos años que vivió, murió en 1969). Así vivió Alberto Gerchunoff, dedicado a amar cada cosa, cada persona, cada causa y cada instante. El tiempo transcurre inexorablemente hasta que un 2 de marzo de 1950 muere de un ataque al corazón en plena calle en la ciudad de Buenos Aires, mientras dos de sus nietos lo aguardaban para ir al cine.

Me pregunto si hubiese elegido morir a la salida de su amado diario La Nación o si hubiese preferido que fuera bajo las estrellas que cazaba en los campos entrerrianos, en su adorada Rajil, en su lugar de origen por adopción y elección. Quisiera pensar que murió en paz. Aunque no puedo dejar de preguntarme qué suelo recordó como su Patria y su origen cuando su último aliento, ¿habrá pensado en Rajil y el campo, en Villaguay y Villa Domínguez, en Buenos Aires o Moises Ville, en Rusia?, ¿o no fue un sitio el que ocupó sus pensamientos?, tal vez fueron su padre y su madre o sus amigos muertos, quizá sus viejos dolores y esperanzas que renacieron y perduraron siempre en sus pensamientos. Tal vez sus hijas, sus nietos, o su amada Teresa que moriría diecinueve años más tarde para ser sepultada junto a él en el Cementerio de Liniers. Alberto Gerchunoff fue un hombre que nació al mundo como muchos hombres, que debió reconstruirse, renacer, resignificar su historia. Fue nuestro, eligió esta Patria, este suelo y esta lengua como lengua literaria. Pudo escribir en francés, en ídish, en ruso, en alemán, pero cantó a la vida, a la nación, a la lucha, a la igualdad, a la paz, al amor, a la libertad y la esperanza, en castellano. En nuestra lengua decidió denunciar y combatir las injusticias del mundo y en nuestro idioma optó por defender la creación del Estado de Israel. Desde el sur del mundo, desde una ignota tierra entrerriana, cuando niño aprendió a hablar en español al mismo tiempo en el que, sin saberlo, se iba gestando el escritor, pensador y periodista que con sus letras, inmortalizó una vida digna de recordarse.

*Capítulo del libro: Alberto Gerchunoff. Periodista, crítico y pensador de Alfonsina Kohan (Ediciones Del Clé y Municipalidad de Vilaguay, 2019)

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