El amante (fragmento)

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de Abraham B. Yehoshúa

DAFI

Mamá podría haberme matado por supuesto, aunque ella también se estaba riendo pero se puso seria rápidamente y lo llevó al living, las lágrimas aún le corrian por el rostro, lo hizo sentar en una silla y empezó a hacerle preguntas para distraerlo, un viejo truco de la época en que yo solía llorar. Le preguntó por la aldea y su familia, la escuela y lo que había aprendido allí, y él respondía seriamente, con la cabeza gacha, sentado en el borde de la silla.

Me senté detrás de él y no le saqué los ojos de encima. Este pequeño árabe había empezado a gustarme de veras. Papá nos había traído un entretenimiento para el Sabbath, los viernes a la noche suelen ser tan aburridos en nuestra casa, con todas esas pilas de periódicos. Allí sentado con su pijama, peinado y limpio y fragante, con las mejillas sonrosadas. De repente pareció pequeño, me recordaba a alguien, no es feo, hay muchos muchachos más feos que él.

Mamá frunció el ceño porque cuando me vió mirarlo tan fijo tuvo miedo de que yo estuviera tratando de molestarlo o de burlarme de él, como hago algunas veces cuando me siento a mirar fijo a algunas de las ancianas que vienen de visita. Pero yo no intentaba hacer nada de eso, este árabe me interesaba de verdad. Pronto se recobró y empezó a responder inteligentemente, hablaba de sí mismo, de su aldea, de su familia, de lo que había aprendido en la escuela, le habían enseñado a Bialik y a Tchernikhovski y todas esas cosas tan aburridas, qué raro, los cerdos, haciéndoles aprender toda esa basura también a ellos.

Entonces dije suavemente:

– Pobrecitos… ¿qué han hecho para merecer eso?

Y Mamá me reprendió y el árabe se quedó un poco perplejo porque aparentemente Bialik le gustaba de veras, y directamente, sin que nadie le preguntara, se puso a recitar unas líneas de “La Muerte del Desierto”, de Bialik. Casi me caigo de la silla. Un joven árabe, un empleado del garaje de Papá, recitando Bialik, era increíble. Si ese es el nivel promedio del garaje no es raro que el negocio florezca.

Corrí a mi cuarto a buscar los poemas de Bialik para ver si los estaba recitando bien o si sólo los estaba inventando. También llamé a Papá para que saliera del baño a escuchar, tal vez le aumente el sueldo. Mamá también estaba impresionada. Los tres lo mirábamos con fijeza. Y él, decidido a impresionarnos aún más, empezó a recitar suavemente y sin un error ese fragmento que enloquece a Schwartzy y que intercala en todas las oportunidades, sea o no apropiado: “Somo héroes, la última generación esclava y la primera libre, sólo nuestra mano…”, sentado en el borde d e la silla con la cabeza gacha, sin mirarnos de frente, en voz baja. Y observé a Papá y a Mamá que lo miraban con la boca abierta y de repente me dí cuenta, me llegó como un relámpago, por supuesto. Este muchacho se parece un poco a Yigal, tiene algo, algún parecido, y ellos no se dan cuenta, no comprenden. No ven qué es lo que los atrae de él. Papá no sabe por qué entre todos sus operarios lo eligió a él para que viniera a buscar su portafolios, o por qué lo eligió para el trabajo de esta noche.  Y si se los digo, dirán: “Tonterías, qué sabes de Yigal, tú nunca lo viste”.

Y así, en la quietud y la oscuridad del anochecer observé al silencioso árabe cuyos ojos brillaban de felicidad. Y ahora éramos nosotros los que inclinábamos la cabeza viendo sus atezados pies desnudos sobre la alfombra. Y de repente sentí deseos de darle algo y fui a buscar mis pantuflas y las puse a su lado. Sólo por una noche que use las pantuflas de una muchacha. Entonces me di cuenta de que en realidad no sabía su nombre y se lo pregunté y me miró de frente, ya sin eludirme, y me lo dijo.

No sabía que tenían nombres tan simples.

 

*El amante de Abraham B. Yehoshúa (Duomo Ediciones, 2013)

Mica Hersztenkraut maneja todas las comunicaciones de Hebraica.

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