La reflexión sobre Yom Hashoá

Realizada por el CIMO

La reflexión sobre Yom Hashoá es paradojal. La mera reflexión sobre la Shoah es de muy difícil realización. Hannah Arendt mencionó que Auschwitz abrió un abismo intelectual donde había un hecho con el cual no nos podíamos reconciliar: la fabricación masiva de cadáveres. Nunca hubo tantas imágenes de lo que puede significar “el mal” y nunca fue tan difícil de explicarlo. La destrucción física, moral, identitaria y política que provocó el genocidio alcanzó grados inconmensuranbles. Theodor Adorno dijo que la poesía era imposible después de Auschwitz. Sin embargo, el intento de explicación y por sobre todo la evocación no debe cesar.

No hay dudas que Israel es la garantía de que no se repita la shoah. Si para Herzl era algo primordial la constitución de una unidad política territorial que defienda el derecho a existir de los judíos, terminada la Shoah se volvió imperativa. Lamentablemente la Shoah no es pasado irrepetible sino que si algo demuestran los hechos posteriores a 1948 es que muchos buscaron el genocidio de los judíos queriendo “arrojarlos al mar” o educando a sus hijos con odio hacia el judío por el mero hecho de serlo. La asimilación completa del judío en las categorías nacionales de fines de siglo XIX y principios del XX hallaron sus límites no solamente en el hecho de que allí donde más asimilados estaban los judíos fue donde se desarrolló el nazismo, sino en un caso muy anterior como fue el de Dreyfus. “Muerte a los judíos” se escuchaba en las calles de París.

Este día también nos incita a la autocrítica. Durante muchos años se pensó en la sociedad israelí que la Shoah tenía dos patas. Por un lado estaban aquellos que merecían el honor y la gloria; los que se habían levantado en diversas acciones violentas contra el nazismo siendo la más conocida la del Gueto de Varsovia. El sobreviviente que había sido liberado de los campos era estigmatizado por haber sido llevado a esa situación como oveja al matadero. La pregunta con que se lo interpelaba era ¿por qué él/ella había sobrevivido y sus hermanos no?, ¿Qué traición habían acometido?. La fortaleza que debía mostrar el ciudadano israelí no era compatible con la “debilidad” del europeo sobreviviente. Hay una anécdota que escuché hace algún tiempo que contaba que los sobrevivientes en las playas de Tel Aviv se escondían sus tatuajes por vergüenza.

Entre el impacto del caso Eichmann, la difusión de films como el de Lanzmann y el desarrollo de proyectos como el de Spielberg le hicieron entender a la comunidad judía en general y la sociedad israelí en particular lo duro que había sido todo, la dificultad para juzgar a aquellos que no se habían rebelado y la comprensión de que la resistencia en múltiples formas había existido. Los testimonios de los sobrevivientes revitalizaron la evocación del recuerdo de una perspectiva abarcativa y no reducida a los “luchadores”. Cuando Primo Levi escribió, el relato era la excepción -no la norma- en parte porque las heridas debían cicatrizar. El avance de las generaciones y la reducción del número de testigos produjo la necesidad vital de recordar para no olvidar pero sobre todo para evitar que no suceda otra vez.

Lea Novera, sobreviviente de Auschwitz, repite incansablemente que los pueblos que no tienen memoria no tienen futuro. Seguir transmitiendo lo sucedido, seguir en la tarea inacabable del estudio y la transmisión son las semillas que harán crecer una sociedad con vacunas contra el totalitarismo. Que así sea.



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